12.6.12

Teófilo Stevenson. Lo que me contaron...



Teófilo Stevenson


No sé cómo se le ocurrían a mi papá sus relatos. De dónde, por ejemplo, había sacado la historia de una conversación entre Fidel y el boxeador Teófilo Stevenson, que me relataba con pelos y señales, gestos y tonos, reproduciendo divertidas coloquialidades. 

En verdad, no era el único relato que me construía como motor de mi imaginación. Lo que sucede es que mi viejo no era devoto de la típica costumbre del “cuentito de antes de ir a dormir” para zamparme alguna historia de bellas princesas durmientes, duendes o brujitos de Gulubú.

Parece que mi papá tenía la intención de legarme unas ideas que lo poblaban en estado de convicción. Y mucha y apasionada, pero nunca irracional o falta de objetividades que se podían comprobar.  El que quiera buscar, encontrará las fuentes de lo “a continuación”.

Y a continuación es esto que ahora evoco yo que me narraba, supongo que sentados a la mesa de la cocina o del comedor, mate cocido recién servido a su entrada de trabajar, las manos entintadas con sellador para madera o goma laca asiendo la taza que echaba humo en fragantes bocanadas, de Teófilo y Fidel, o al revés, más o menos así:

“Y entonces Fidel lo agarró a Stevenson y le dijo: ‘Oye, chico, si te querés ir a Estados Unidos por la  plata, andá que seguro te van a llenar de millones. Pero eso sí, ahí no te van a cuidar, te van a hacer profesional y tu vida no valdrá nada más que lo que ellos ganen con vos. Te van a destrozar si es preciso. Pensalo bien. Aquí vas a tener la gloria de ser campeón cubano y amateur, cerca del pueblo de la Revolución’.”

Que mi viejo se leyó la historia de cómo Stevenson se quedó en Cuba, renunció al millón de dólares, se quedó en el amateurismo y le hizo un corte de manga a la tentación que llegaba del Norte, o que la escuchó de alguien que sabía bien de qué hablaba, eso es seguro y comprobable.

Ahora, qué sé yo de ese encuentro entre Fidel y Stevenson y cómo fue y qué se dijeron, si es que el Comandante lo llamó y le dijo lo que tenía que decirle. Pero, a mí, me lo contaron…

Lo que sí sé es que a mí Fidel, Stevenson, Camilo, el Che y Cuba me visitaron la infancia y siguieron por aquí, gracias a estos cuentos que no eran cuento.

Y hoy que Teófilo se nos fue, campeón por siempre, y que me doy cuenta de que tenía casi mi edad, le agradezco a mi padre que a su hija la arrullara con esos relatos tan maravillosos como los de hadas, duendes y brujas de la hora de dormir… Es que don Mauricio prefería las bellas  despiertas, muy despiertas...

Hasta siempre, Téofilo Stevenson

Ayer por la tarde falleció Teófilo Stevenson. Para quienes se pregunten quién era, comparto algunas notas de medios de información de la isla a cuyo digno pueblo perteneció, y donde fue coronado de gloria y amado por su lealtad a la Revolución.


1. Falleció en La Habana el gran campeón Teófilo Stevenson
2. El pueblo de Cuba despide a Teófilo Stevenson
3. Palabras de despedida de Fidel


Me duele esta partida, porque era Teófilo el campéon por siempre amateur, con lo que implica serlo, con lo que evoca esa palabra: "el que ama lo que hace", para mí mejor definición que "aficionado", acepción que se fijó para distinguir al que hace algo "de pago", digamos, y no por vocación..., por amor, vamos (no ven, acaso, en la raíz de la palabra el eco de amator, en latín..., pero esa es otra historia, o no).


Y ese amar lo que se hace sin ponerle más precio que la vida digna fue lo que hizo la diferencia en la vida de Teófilo Stevenson.


Claro que merecía una vida más larga para cosechar por más tiempo el amor de ese pueblo valiente del que surgió, de ese pueblo que ama su patria, palabra que allí cobra otra dimensión, otras resonancias. Pueblo que sostiene con tierna dureza lo ganado por la Revolución, del que también era hijo dilecto.


Y con Fidel y con Silvio (en su Segunda Cita, a través de un conmovido comentario) me permito el homenaje: 


GLORIA ETERNA A SU MEMORIA, dijo el Comandante. 


GLORIA ETERNA A ESA GLORIA DEL DEPORTE CUBANO Y UNIVERSAL, dijo el trovador más necio, el Aprendiz Mayor.


21.4.12

Eduardo Galeano predica el "geese teamwork"

Que alguien me lo explique. Que cuando pueda leer el libro encuentre esa explicación que busco. Que me digan o lea una nota de advertencia de que algunos de los textos del libro Los hijos de los días, de Eduardo Galeano (que está presentando ahora mismo), tienen su origen en relatos anónimos, que son versiones, que ha abrevado en fuentes que andan circulando por ahí, sin autor conocido... 

Si no es así, ¡qué desilusión! Porque ¡vamos!, el escrito de Galeano dedicado al 1.º de Mayo, día del Trabajo o del Trabajador, (cuya materia prima circulante ha sido reelaborada, como cambiar "gansos" por "patos" y alguna que otra triquiñuela remozadora: "superpato" y "subpato" no están mal) refiere a una "teoría" o, mejor "lecciones" que han estado rodando especialmente por Internet, y (al menos hasta allí he llegado) provienen de un sermón (o un escrito) de un tal Dr. Robert McNeish dio en 1972, diz que en Baltimore. 

El que busca, encuentra. Y se encontrará que estas lecciones que dan los gansos se usan como soporte de cursos (me atrevo a relacionarlos con el famoso coaching) para empresas, de liderazgo, y se los halla mucho en sitios de cristiana orientación. Es que como mensaje tiene su atractivo por apelar a la solidaridad, al bien común, a la colaboración...

Para muestras, los botones. 
Saque el lector conclusiones. 




Escribe Eduardo Galeano el 1.º de Mayo de su Hijo de los días.

Mayo 1
Día de los trabajadores
Tecnología del vuelo compartido: el primer pato que levanta vuelo abre paso al segundo, que despeja el camino al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, que presta viento al séptimo…
Cuando se cansa, el pato que hace punta baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro, que sube al vértice de esa V que los patos dibujan en el aire. Todos se van turnando, atrás y adelante; y ninguno se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás.

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Así se cuentan las lecciones de los gansos sobre "trabajo en equipo" en este video subido a Youtube.

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Pero la historia, como se comprueba, ha bajado desde el Norte, donde se cuenta pero "en inglés, en el original", aclararía un traductor.

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Y se puede seguir rastreando. Hay muchísimas versiones. Hasta el supuesto escrito "original" con cada una de las lecciones pergeñadas por el Dr. McNeish se puede encontrar. Ah, Internet, Internet, ese infierno tan temido..., citado por Onetti en el título de su cuento. Pero esa es otra historia: se llama intertextualidad.






20.4.12

Me queda la palabra


Amo las palabras
La que ahora escribo:
“palabra”,
esta palabra “palabra”…
la amo.
Ay, palabra.

Es que soy palabra,
mi historia
se ha fundado
con palabras,
y si hay porvenir,
será por la palabra,
verbo en futuro.
Y el presente
se dice con la palabra
“hoy”.
Perseguida,
asediada
palabra,
que me persigue
y asedia.

Ay, palabra,
yo te amo.
De mí
nada quedaría
sin palabras,
“palabra”.
No te me niegues.
que me muero
de tu ausencia.
Ay, palabra.


Si he perdido la vida, el tiempo, todo 
lo que tiré, como un anillo, al agua, 
si he perdido la voz en la maleza, 
me queda la palabra. 

Si he sufrido la sed, el hambre, todo 
lo que era mío y resultó ser nada, 
si he segado las sombras en silencio, 
me queda la palabra. 

Si abrí los labios para ver el rostro 
puro y terrible de mi patria, 
si abrí los labios hasta desgarrármelos, 
me queda la palabra.

                    Blas de Otero

10.4.12

El té de mamá


Mamá nunca tuvo sesudas respuestas para calmar mi incertidumbre de vivir.

En cambio, en momentos de escándalo por la soledad o el vacío insoportables, ella, sin respuestas sesudas ni palabras de consuelo constructoras de mejores circunstancias, llaves cuasi mágicas que ilusionan así con que “algún día” (casi siempre, pronto) abrirán las puertas a “un porvenir mejor”, ella, digo, en cambio, simplemente me decía “te hago un tecito”, y se iba a la cocina.

Es un lugar mágico la cocina (que me parece tiende a la desaparición); pero allí, tarde o temprano, realmente o en nuestro imaginario, volvemos las mujeres. Será que conserva algo del rito ancestral de reunirse ante el fuego para preservarlo, y así continuar la vida. Cosa brava para la humanidad.


Mamá, entonces, se iba a la cocina, y volvía con la taza de té. Una taza de té que me tomaba a veces sin saber si me apetecía , pero como era de esos de los que alivian o cortan o acompañan sollozos, una taza de té para sueños hechos trizas, inexplicables tristezas, amarguras qué sé yo...

Sin buscar entender, sin contestar, sin proponer sabiduría, sólo con la certeza de que su té servido en bandeja obraría el milagro de sanar (al menos por un rato) llegaba de vuelta y resueltamente me proponía una tregua al malvivir.

Ese té no se consigue en parte alguna. Es un té que no hacen más. Ahora es sólo té de reparar más ausencia, té de intentar servirlo sola, humeando humeante, caliente y dulzón. Lo preparo en una cocina a medio construir. Son tiempos más difíciles. Pero la maldita esperanza recupera un poco de verdor a pura fuerza de hornalla y vapor silbador.

28.1.12

La foto de Spinetta, lo más espurio de los medios, su poder

En esta entrada de su excelente página web, Víctor Hugo Morales entrevista a un periodista gráfico que actuó independientemente del mandato que sus jefes le daban en el momento en que se producía la muerte repentina del diputado Carlos Auyero. Hay videos y audio que complementan lo narrado. Y se agradece. 


Hay que subrayar que hay datos muy interesantes aportados de otro caso de tres periodistas, dos de los cuales se negaron a la villanía que les proponían, y el de un tercero, en cambio, que aceptó. Lo terrible es saber cómo progresó quien decidió que "todo vale", que no hay moral ni ética, y qué importa ser un miserable.


En manos de los medios estamos. Los medios hacen eso, median o son intermediarios, se ponen entre nosotros y la realidad para contarla como mejor les convenga. Por supuesto hay excepciones. Uno es Víctor Hugo, que está recibiendo de diestra más que de siniestra, aunque también de esta última, por su conducta "militante" de estos últimos tiempos. 


Sepamos ver, sepamos buscar. No es verdad "porque salió en un periódico, la tele o lo dijeron por radio". Cuidado. No hay palabra inocente, ni periodistas con 10 en objetividad. Y la manipulación es evidente. 


Ampliaremos. 

 

18.1.12

Otra vez sopa con la ley S.O.P.A.

Este blog y sus blogs hermanos se pronuncia en contra de la ley S.O.P.A (Stop Of Piracy Act).


Para una información sobre esta ley, se puede consultar aquí  (fuente: Wikipedia).


Pero recomendamos leer especialmente las desventajas que señalan muchos medios respecto de dicha ley.
Por ejemplo, este artículo de Página/12 advierte que "Está en juego la libertad".


Como siempre, Mafalda apunta y acierta cuando dice "otra vez sopa". Y se ha convertido en ícono contra los alcances negativos de la ley que se pretende imponer. Pueden leer su ¡PUAJ! (gracias a www.baquia.com, de donde fue tomado). Se explica muy bien allí los alcances de esta ley. Recomendamos su lectura con Mafalda como señalando el "palito de abollar ideologías".


Así que, siendo verano, ¡mejor SOPA NO!





15.1.12

¿Príncipe azul? Mejor, un Casanova

Uno debe decir que "menos mal que existen" los Juan Gelman para iluminarnos después de haber echado una mirada de través, a contrapunto de la "historia oficial".


El sublime poeta nos (re)descubre a Casanova en este artículo, "Carísimo Giacomo", y nos lo vuelve carissimo tras la lectura. ¡Quién lo hubiera pensado "protofeminista"! Aunque algo habremos sospechado al ver la versión del "más amante de los amantes" en el filme de Fellini...


Entonces, mujeres, quizá equivocamos el rumbo. Habrá que buscarse y no precaverse de un Casanova y dejar de soñar el Príncipe Azul, que ¡ay! cómo destiñe.


Además, digo yo, luego de leer a Gelman que cita a Beaudelaire, ¡qué revolución harían unos virtuosos voluptuosos!





14.1.12

Recuerdo de vos


Qué cosa que mi recuerdo de vos tenga esta vida, y en cambio yo te sea, seguramente, sombra o, con suerte, antigua imagen que captura un parpadeo, o más vale vacío parecido a una muerte. Qué cosa ser capaz de recuperar cada segundo de un segundo de vos, y vos, en cambio, seguramente…

Extraño, sí…, tantos años, tantos y, por ejemplo, todavía el dedo tuyo frío recorre despacito, apenas, mi hombro desnudo, frío el dedo, qué raro tan frío pero tan intenso tu dedo sobre mi hombro desnudo que se estremece, el hombro se estremece y también el frío de tu dedo, que contagia la piel toda de mi cuerpo… Debe estar frío ese dedo, sí, si estamos  en aquel cine con olor a humedad y película de culto que miro y mientras miro, miro tu pelo y resplandece cobrizo el pelo, lo recuerdo, porque lo decidí así la primera vez que vi tu pelo, y más cuando lo rocé, suave tu pelo a la altura de tu nuca, de tu nuca suave por el pelo cobrizo, ay adolescencia mía que se enciende y se va entregando mientras me digo esta soy yo, y sos vos (es él, digo, pero él sos vos) a mi lado, todo vos bello Amadís de Gaula de mis primeras Letras, ¿y me elegiste a mí?, que estoy a tu lado y de tu pelo cobrizo que se hace más suave en la nuca y mientras me digo sos vos, es decir, es él, el dedo frío recorre mi hombro. Sos vos soy yo mirando la pantalla, y la luz que irradia la pantalla donde va pasando la película que elegiste, justamente, "Teorema", nos expone mirándonos de reojo por turnos; pero sobre todo pasa que tu dedo frío recorre mi hombro despacito pero intenso y yo, que ya sabía, me quedo eternamente en ese instante y entonces todavía tu dedo sigue en mi hombro, hablo de tu dedo frío que  me prometía no ardores pero sí dramáticos descubrimientos y sé que estaba frío para sorprenderme para el sobresalto para que lo lleve como marca y las marcas se hacen a fuego pero esta marca es de un dedo frío que en un cine húmedo recorre para siempre mi hombro desnudo, desnudo para el ardiente escalofrío.

3.11.11

Fragmento de mi ¿"novela"?

Sentados frente a la ventana, la "mama" hacía que Pancho y mi madre se sentaran a mirar hacia afuera a través de una ventana. Siete, ocho años, tenían. A veces caía una lluvia finita e insistente. Y no se movían. Para nada. “Quietitos, nos quedábamos allí, en silencio, mirando caer la lluvia”. 

Adentro, la "mama", mi abuela, se dedicaba a ¿ limpiar, ordenar, planchar? en la casa de la familia donde estaba empleada. Y ellos sabían que tenían que quedarse así hasta que terminara. “Sentaditos, quietitos, nos quedábamos. Ni nos movíamos. Sin molestar mientras la "mama" trabajaba". Afuera caía la lluvia, quizás finita e insistente, y ellos la veían sentados en unas banquetas, con la orden de no moverse, de hacer como si no estuvieran.

Esto me contaba mi madre. Por eso yo sé que hubo dos chicos de siete años u ocho años que veían caer la lluvia, quizá finita e insistente, sentados en una banqueta, quietitos y en silencio, en una casa en la que tenían interdicta la mirada “hacia adentro”… La casa “de los otros” donde trabajaba mi abuel
a.

Tristia

No dedicado al escritor que, allá lejos y hace tiempo, me dijo con tono de asquito "No me digas que escribís poemas en prosa...". Ni al "amigo" que me reprochó "Pero vos siempre tan triste..."



Hay tristezas pequeñas, que apenas nos salpican los zapatos. Tristezas de tibios adioses que no dejan huellas, que se olvidan al doblar la esquina.

Hay tristezas que nos invaden durante un día, porque un perro nos miró con ojos melancólicos y no pudimos ofrecerle un hogar.

Hay tristezas que duran un tiempo: dan vueltas a nuestro alrededor, nos arruinan algunas tardes de sol y, en noches de lluvia, nos hacen pegar la frente nostálgica a la ventana. Tristezas que nos traen seductores pensamientos de suicidios inconclusos. Tristezas que se van esfumando o dejamos abandonadas en un rincón..., hasta el próximo encuentro.

Hay tristezas que caen como cataratas, como verdaderos aluviones. Tristezas que nos invaden, nos arrollan a su paso y nos obligan a buscar refugios inexistentes o escurridizos rincones. Esa tormenta de tristezas no se detiene fácilmente; arrasa las débiles trincheras que levantamos para protegernos y nos empapa alma y cuerpo. Hasta las uñas de los pies sufren el embate de estas tristezas dispuestas a acabar con la poca alegría que pueda convocar la vida.

Hay tristezas persistentes, insistentes, impertinentes. Tristezas que, luego que amaina el temporal de tristezas, se instalan como finísima garúa de tristezas que nos cala los huesos y el deseo, la ílusión y la esperanza.

Hay tristezas perennes para las que no hay conjuro posible, y con las que hay que convivir lágrima a lágrima.

"A favor de los pequeños..."


La vida está llena de mártires. No de los que nombra la historia con pomposidad o desprecio, según. No. La vida está llena de pequeños mártires y de pequeños crápulas también. Eso, también. Allí, en la mediocridad cotidiana, se reproducen los grandes gestos de la historia. O al revés. ¿O al revés?


Ella, con el papel en la mano que la condenaría y la salvaría, se repetía eso y se instalaba en su destino, el del que cae, el del que se da, el del que se entrega, y no consiente, consciente. Pequeñamente caía, se daba, se entregaba, en la pequeñez de su pequeña historia. Ella era su destino, con el papel en la mano.

 
Lo sabía, como sabía que la pequeñez del martirio no significaba pequeñez de sacrificio, sino lo contrario, paradoja igualadora, y siguió caminando presa de un vértigo que temió le impidiera dar los pasos necesarios hasta el final de la galería donde se escondía más que levantaba la oficina de Correos.


Pequeño gesto. Rebeldía tan pequeña. Y sin embargo… Le hablaba la abuela sirvienta. Le hablaba el padre, que lustraba zapatos a los 7 para comprar un pote de dulce de leche o un libro que calmara las ansias de escuela. Le hablaba la madre, que “trabajaba en casas” a los 8, 9, 10 años… Sostenían esas hablas.



Hay uno que se inmola para que otros... Lo sabía. Imaginó escenas de grandezas y de inmediato restringió la maniobra de ese pensamiento y hasta la grandilocuencia que había usado cuando se permitió el “inmola”. Era una nada la de su acto que la condenaba y la salvaba. Pero. Le llegaba el turno. Entregó el papel. Y se dispuso a ser lo que se propuso hacer.




Esta mañana te soñé..., Camilo.

Esta mañana te soñé..., Camilo. ¿O te deslizaste, felinamente sutil,
por alguna rendija, hasta mi duermevela?
Y me  hiciste saber, a tu personalísima  manera, 
sin gestos, sin sonidos,
que no olvidara dejar para vos tu agua fresca.
Y yo, que te sé tan cerca, ahora mismo pondré, 
en los rincones de mi sueño
y en los que frecuentabas,
una fuente azul para que sacies tu sed,
y pueda yo aliviar la fiebre 
de mi nostalgia.

Me besa en la frente

Me besa en la frente.
Me besa en la frente y todo mi cuerpo se rebela en convulsión de asco, escalofrío y repulsa contra ese beso que roza apenas la piel, que parece veneración pero es desapego, casi desprecio. No se besa en la frente a los que se ama, no hay pasión en el beso en la frente. Es un beso “y qué otra cosa”, un beso despedida, un beso que habla de muerte.
Me besa, entonces, en la frente, como a los difuntos, con la distancia, la lástima y las ganas de alejarse rápido de quien no significa nada o que significó algo pero ahora es un despojo, un simulacro de persona camino a la putrefacción. Ese convencional beso del rito por los muertos sobre la frente de esas cabezas que emergen obscenas de los féretros.
Me besa en la frente y yo lo odio por besarme en la frente. Y él sabe que lo odio y, por eso, vuelve a besarme en la frente. Y, como ya parezco muerta, lo dejo que me bese en la frente. Y, como aún hay en mí algún aliento de vida, siento ese beso en la frente y ahora puedo escribir que me besa en la frente como a la muerta definitiva que espera, la que ya no vea ni oiga ni sienta, y que el beso sirva para el propósito de los besos en la frente.
Me besa en la frente y me regala cada vez la escena: ya conozco qué rostro será su rostro cuando se incline sobre mi cabeza para darme un beso en la frente, porque asisto a mi funeral en cada ocasión en que me besa la frente.
Yo quisiera que no me bese en la frente. Yo quisiera irme. Quisiera que se fuera. “Pero los muertos están en cautiverio.”

25.10.11

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.


Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.


Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Este poema lo escribió Alfonsina unos días antes de suicidarse. He estado pensando en él. Y ahora mismo que decido publicarlo, leo su biografía y fue un 25 de octubre cuando partió para siempre. Es una casualidad que me asusta más. Pero dicen que hay que vencer el miedo a la muerte para poder ser  buen/a escritor/a. Por toda la vida que supo beber y toda la muerte que necesitó su dolor, salud, hermana Alfonsina.

19.10.11

Las gorras del Papá de Dorita


Todos los años, como regalo de cumpleaños, por Navidad o el Día del Padre, Dora le regalaba una gorra a su padre. Todos los años, el día del cumpleaños, del padre o de alguna fiesta, el padre recibía de Dora una gorra como regalo. Pero la gorra elegida nunca tenía la forma con que él la imaginaba ni le parecía que cumpliría apropiadamente su función de proteger su cabeza del frío. Decía que no, que gracias (poco convincentes), que esa no era la gorra que él quería. ¡Otra vez una gorra!
Sin embargo, Dora nunca abandonaba su misión anual de “encontrar la gorra que necesita papá”. Recorría negocios especializados, gastaba los últimos ahorros del último trabajo que había conseguido, y era generosa al destinar mucho dinero en la compra del adminículo para la sagrada testa cuando una buena entrada le iluminaba el bolsillo. Y todo eso para lograr dar con una gorra que el padre, recitando los mismos motivos, rechazaba.
El ritual perduraba. En la familia ya se sabía, cada año, que una nueva gorra pasaría a integrar la colección conservada en un estante de la parte superior del  ropero viejo del dormitorio mustio que el papá de Dorita (porque para él siempre era Dorita o “la nena”) compartía con la mamá de Dorita; frío y húmedo el dormitorio, como la casa y, que olía, como la casa toda, a fría humedad.
A veces, cuando era posible, la gorra regresaba al negocio donde había estado expuesta en espera de un mejor destino que la cabeza difícil de complacer del Papá de Dorita. Esto último evitó que se acumularan en exagerado número, con el inminente peligro de inundación de gorras rechazadas, si el estante no fuera suficiente (gracias a su testarudo orgullo de sus capacidades) para contenerlas dentro del ropero, y se abrieran paso hacia… alguna cabeza de destino. Aunque, ofendidas por el destrato, siempre quedaba la posibilidad de que cayeran, subversivas, ávidas de cumplir “la misión” que las había convocado, sobre quien abriera el robusto ropero de antigua data, pese a las mentadas cualidades del estante “de arriba”.
Todos los años, entonces, Dorita compraba una gorra para su papá en las fechas que el calendario marca como imprescindibles para acordarse de los seres queridos y nos perturban la vida haciendo que compremos gorras que serán refutadas. Como las que Dorita compraba para su papá, claro. “Me queda grande, me queda de lado, este color me hace ver ridículo, no ves que no es para mí, no, no, no es lo que yo quiero, yo quiero del tipo de las que cubren aquí, ves, así, para este costado, y sin tanta visera, y no, qué me trajiste, otra vez una gorra, a ver… No, si ya sabía que no me iba a quedar bien, para qué te molestás…”.
Liturgia perversa: Dorita empeñada en conseguir la gorra que finalmente Papá aceptara y, encima, como premio, le regalara una sonrisa y se pusiera contento aunque Racing ganara sólo por un gol de diferencia y jugando mal. Y Papá se ponía como loco, se encerraba ese y todos los domingos para no escuchar “el partido”, porque seguramente su equipo favorito lo defraudaría y encima tendría que escuchar las alabanzas que recibía Boca porque, periodistas vendidos, todos hablan bien de los “bosteros” porque da más plata. Y, en medio de los rezongos, reprobaba la enésima gorra, si había caído de regalo en un día coincidente con “el evitado encuentro futbolero”.

Pero Dorita seguía comprando la gorra, contumaz en su deseo. La gorra llegaba envuelta con esmero, o simplemente dentro de una bolsa. Después de todo, Dora era humana y, en ocasiones, se rebelaba a tener que rogar “es para regalo”. Viajaba en remís o en colectivo (Dorita, y la boina) en ese día especial, y llegaba a la casita de jardincito mínimo y mínimas expectativas, y entraba llena de esperanzas que se fundían como la cera de la vela, lánguida y descorazonada, cuando oía que no, que no era esa. Claro que se le empalidecía el entusiasmo, pero sin asombro. Sin ningún dejo de asombro. ¿Gorra?, que no, esta no me queda… ¿Te das cuenta?, aquí, yo quiero que me tape aquí… ¿Comés algo?

Han pasado gorras y mucho tiempo. Y aniversarios y cumpleaños. Y mucha vida. Ya a la cabeza del papá de Dorita sí que le vendría bien una gorra que le proteja los pocos  pelos que le quedan. No sorprende que esto haya dado brío a la ilusión de Dorita, con el argumento de que, por fin, algún día de cumpleaños  o para Navidad, es decir, muy pronto, él diría que sí, porque la cabeza calva de su papá se protegería cuando saliera dando esos pasos arrastraditos de toda la vida, hay que ser sinceros, para hacer las compras en pleno invierno… Pobre papá.

El otro día la vi a Dorita. Llevaba una caja envuelta en cintas azules. Redonda la caja. ¡Una gorra!, casi se me escapa. Y pensé en qué día era. Junio. Helaba el viento cruzado que levantaba unas hojas que los árboles habían tratado de retener para ser ocres todo lo posible. ¡Llegaba el Día del Padre! Claro. Es que yo hace rato que ni pienso en ese día. Alguna vez, hace mucho… Aunque, eso sí, por suerte me avivé a tiempo de que no vale la pena andar comprando gorras que nunca, pero nunca van a quedar bien en la cabeza de Papá. Con Dora no puedo compartir esto. Se desmayaría. Además, no escucha. Sólo oye la voz que pide una gorra, y ella sale a buscarla.

Mi tía Olga y la Coca Cola

Mi infancia no fue paraíso alguno. Pero tampoco, como dice Benedetti que es posible que sea la infancia, "un infierno de mierda". Digamos que conocí una parte del primero y una buena porción del segundo. Qué se le va a hacer.

No voy a enumerar las ausencias que me convirtieron en una nena rodeada de adultos. Imaginen. 

Me dedicaré, en cambio, a rescatar un preciso momento, una frase reveladora, que las circunstancias antes mencionadas permitieron se me confiara para contribuir, digamos, a mi incipiente conciencia política (sí, leyeron bien, una niña no discrimina tópicos y es terreno fértil para el ¿adoctrinamiento? cuando asiste a las conversaciones de los "grandes", especialmente cuando, como adelanto, se la convierte en interlocutora, o receptora, mejor dicho, de mensajes ideológicos). 

La frase en cuestión me la regaló mi tía Olga, mi adorada tía Olga, que me abría las puertas de la zona Paraíso de mi infancia. Esa frase, consigna quizás, se metió en mi cabeza con una naturalidad y una intensidad que agradezco.

Aquí va. Previa introducción, claro, porque estoy aquejada de palabras que andan pidiendo pista. Una pista que no se extenderá más allá del punto final que cierra la frase. Lo prometo.

Mi tía Olga (estoy segura de que fue un dia de invierno con sol, mientras caminábamos, lo imagino, por el césped, en la zona donde, enmarcados por una crucería de cañas, se erguían unos  maravillosos, destellantes, justo, justo, pensamientos), con el énfasis que la caracteriza, los ojos grises verdes radiantes, segura de la verdad contundente que me transmitía, teatralmente magnífica en su gestos, dijo:

--Mirá, nena. A vos te pueden decir "esto es agua" pero lo que te dan es Coca Cola. Vos elegís. O te dejás convencer de que estás tomando agua o bien decís "no hay otra cosa y me quieren hacer creer que estoy tomando agua; pero esto, esto es Coca Cola. Esto, esto es Coca Cola".

13.10.11

Vida nublada


Ay, la carrera que no fue, en la que no me consagré. 
Ah, bueno, está la enseñanza.
Ay, no, ya no enseño nada, ni lo elemental de lo elementalísimo que supe aprender.
Ah, bueno, todavía puedo regresar a la escuela. 
Ay, no, la edad y los impedimentos de la salud. 
Ah, bueno, se puede uno remendar los daños. 
Ay, no, que la medicina paga no da en la tecla. 
Ah, bueno, el sillón y los libros consuelan dolores.
Ay, n lo menciono de vergüenza, los libros que no leí, tantos, esos nombres que no significan nada y las revistas especializadas y los hombres sabios mencionan, imprescindibles, obvios. 
Ah bueno, siempre se puede volver sobre los libros.
Ay, no, la vista no responde y el tiempo ya no alcanza. 
Ah, bueno, pero de lo que recuerde surgirá otra vez la musa...
Ay, que no he escrito nada respetable.
Ah, bueno, pero la literatura no me es tan esquiva, la escritura, a veces, me acompña, y lo bien que redacto algunas cartas. 
Ay, no, ya ni eso. Ni ganas, ni fuerzas, ni esperanza. Tan poca disciplina. Y esta ansiedad que mata. Ah, bueno, pero tú editas...
Ay, la edición, una puerta abierta para volver a la… 
Ah bueno, no, ya no. Ya no más. Ídem y más ídem.
Ay, ay de mi profesión imperfecta, mi profesión que nunca fue. Mi profesar de nada.
Ah, bueno, están los hijos y el hogar, y la cocina con ventanal al verde y olor a puchero. Ay, muy ay, no, no se hicieron hijos, ni hogar, ni cocina, ni está el puchero cociéndose en la olla.
Ah, bueno, pero la familia.
Ay, de mis padres que se fueron y eran mi ancla. Ah, bueno, quedan los hermanos y… Ah, no, no, qué hermanos. Maldito destino de hija única.
Ay, de los amigos que se fueron yendo. 
Ah,bueno, los que se quedaron... 
Ay, no, están con sus vida, en sus cuestiones cotidianas. Mejor no llamo. 
Ah, bueno, te dirán que sí, verás, cuando lean estas palabras.
Ay, me temo, precisamente, que las malentiendan.
Ah, bueno, también, con tu exigencia... Mejor recuerda.
Ay, de los amores truncos, de los que no fueron. 
Ah, bueno, tengo a mi compañero. 
Ah, no, olvidé que ya se está marchando.
Ah, bueno, ¿y esos otros seres que son tu compañía?
Ay, por qué llegaron para irse tan rápido, mis niños gatos, cómo los extraño. 
Ah, bueno, queda ella, la cariñosa, tu callejerita. 
Ay, ya va para grandecita y esa tos… 
Ah, bueno vendrán otros.
Ay, ¿y si no ha entereza para afrontar el sufrimiento de perderlos?
Ah, bueno...

Ay, de este saber del error de haber nacido. Ay, de la cobardía de no morirse. 
Ah, bueno, se puede tener un momento de coraje, abrir la llave de gas, unos tajos en las venas, tomarse las pastillas, no ver el tren que llega. 
Ah, no, no hay coraje. Ni una pizca para redimirme.
Ay, habrá que ir sobreviviendo, lágrima a lágrima, hasta que me arrime al final o el final se me anime. 
Ah, bueno, entonces hay salida. 
Ay, pero qué salida de tan poca elegancia. Ay, ay de la vida nublada.

7.2.09

Si todos escribimos... Sí, todos escribimos. Pero ¿quién lee?

Vuelvo al blog sabiendo que la respuesta es que nadie. digo, Nadie (nadie) lee mi blog (y aquí incluyo la broma de Ulises, el de la Odisea, que se llamaba, en verdad, Odiseo, claro).
Pero tengo que algo para decir, como parece que sucede con las muchedumbres que ahora pueblan los espacios que Internet ha abierto en sus múltiples formas.
Blogs, blogosfera, y otras denominaciones que ahora no me vienen a la mente, sirven como soporte textual para que podamos todos escribir aquello que necesitamos/deseamos/soñamos... Hay lugar donde escribir, como si nos hubieran regalado una enorme pizarra en pleno sitio público, y nos invitaran a dejar un graffitti que, además, tendrá la ventaja de ocultar el momento, nos permitirá la misma privacidad que requiere la escritura, pero al mismo tiempo la ventaja del más popular de los medios de comunicación.
Pero... ¿alguien lee lo que escribimos? Sé que hay circuitos de lectura en Internet, pero no sé si va más allá de aquellos que acostumbran a leer y, más aun, los que aprovechan, gustan, aceptan la polémica. Entonces, se cierra ese ciclo al que siempre se menciona cuando se habla de un tradicional libro escrito en papel y publicado por esos medios que ya parecen obsoletos y muy pero muy mediatos: se completa la producción textual.
Ahora bien, es tanto, pero tanto lo producido y tan poco el espacio para la "escucha", que me atrevo a decir que todo queda en generar y poco en recibir. Digo, muchos escritores, pocos lectores. Muchos dispuestos a colgar en posts, mensajes, escritos, blogs... lo que piensan, sienten, critican, sospechan... pero muy pocos para "ver qué pasa" en lo que otro escribe.
Quizá me equivoque y espero que así sea. Pero, por ahora, la imagen es la de una compulsión hacia afuera que no permite la inclusión del discurso del otro.

En fin, en eso quedará también este mensaje en este blog, que sé que es "visitado"; pero son visitas de "paso y me voy enseguida", esas que nos dejan con las ganas de una conversa que, por ahora, no llega.

Nadie leerá mis palabras. Ah, Nadie, qué poder te ampara.

23.11.08

Copa Davis... Soberbia y más allá la decepción


Y dijo Del Potro: "Que venga Nadal". Y aseguró que le sacaría los calzones del orto. Y se arrepintió Del Potro de que la euforia haya permitido la sincera expresión de la soberbia nuestra.
Pero luego, dicen, entonado por amigos, en medio de un festejo, se despachó con "Que traigan al "galleguito..."
Beatriz Sarlo, que todavía sigue siendo una intelectual aunque maltratada, nos alertó sobre la similitud de la malhadada expresión. ¿Se acuerdan del "que traigan al Principito", que soltó el maldito Benjamín desde las "recuperadas Malvinas?, nos recordó.

Bueno, pues vino ESTE galleguito y no dio lugar a sacarle los calzones a Nadal ni a nadie. Nos metió, eso sí, la bravuconada por el orto. Y se comió la ensaladera.