20.6.13

Tu nombre

Tu nombre pronuncio.
Tu nombre pronuncio y empieza 
por rasgarme la garganta. 

Arranca chispas
de la lengua, 
con su sibilante alargada del deseo.

Fuego corre por los dientes 
cuando roza
ardiendo encías,
y vibra quemando en el paladar.

Palpitan alvéolos, labios consume.


Abiertamente vocaliza
y se detiene
en un lamento
consonante de mi locura.

19.6.13

Defensa del portero… digo…, encargado, ¡perdón, perdón!




En los últimos diez días, no deja de abrumarnos casi, en el estilo ahora llamado “cadena nacional”, el “caso Ángeles Mumi Rawson”. De inmediato, salieron los “ciudadanos de bien”  pidiendo linchamientos y reclamando pena de muerte ya. Al tiempo que se enfatizaba sobre la “inseguridad” que nos acosa, que está a la vuelta de la esquina, que la próxima vez serás vos o tu hija; y, claro, si no estás de acuerdo, enseguida, te escupen: “¿pero vos tenés hijos?” o te argumentan con que a estos tipos no les cabe otra cosa y similares.

Después, avanzada la investigación, se demostró que el problema no había sido en ese temible e “inseguro” lugar “público”, sino dentro del edificio donde vivía la víctima. ¿Una tragedia “intrafamiliar”? Las declaraciones de una madre que sonaraon "extrañas para las circunstancias" y el aspecto de un padrastro que "no me cae bien” los convirtieron pusieron en el blanco. Ay, Camus y tu “El extranjero”..., qué grande sos.

Pero… la vida te da sorpresas. Y se incriminó el portero. A sí mismo. Nada de usar ‘auto-’ por favor. Ah, aclaremos, perdón, perdón, ¡encargado, se llama en-car-ga-do!

¿Y ahora qué hacemos? ¿El encargado, ese tipo tan gentil que me lleva la bolsa de las compras cuando pesa mucho, que me ayudó con el auto, que me abre la puerta, que saluda con respeto, tan amable, tan gentil, tan pendiente de lo que ocurre en la casa? ¡El encargado no puede ser el asesino, con esa cara de buen tipo, al que conocemos hace años, que tiene las llaves de mi departamento! ¡No, el encargado no, salgamos a defenderlo de ser un “perejil”. Ponemos las manos en el fuego por él. Sí, ponemos las manos en el fuego. Las ponemos sin dudar.

¿Qué pasa que nadie puede creer que el portero, perdón, encargado, sea culpable o cómplice o partícipe de la muerte de esta criatura? ¿Por qué él no, no y no?

Ciertas voces se han refirido a esta defensa a ultranza. Bueno, alguna teoría se puede esbozar al respecto. Pero me falta para experta, así que voy a contar una anécdota que quizá sirva de ejemplo para corroborar mi hipótesis sobre la fidelidad y respaldo al portero… Uy, perdón, encargado. Ese tipo que controla las vidas de todos, con la que todos los señores y las señoras del consorcio desean quedar bien, muy bien. Hasta poner el fuego en las manos. Hasta "movilicémonos para apoyarlo". 

Resulta que un día de casi verano, voy a dar una clase particular (por pedido de su mamá) a una nena de unos diez o doce añitoos que vivía en un edificio de departamentos cerca de mi casa. Entro al vestíbulo y me enfrento a tres ascensores. Se abre uno y suben tres hombres con overoles y herramientas. Ante miraditas ya un poco “incomodantes”, me quedo quietecita y prefiero esperar a tomar otro ascensor. Debe haber campaneado ahí esa advertencia acerca de evitar subir al ascensor con extraños en un edificio desconocido... qué sé yo. Por las dudas... “Tome ese ascensor, ¿por qué no sube?”, oigo una voz detrás de mí. El encargado me conminaba a abordar el medio de transporte. Contesto: “Prefiero tomar otro”. Y la voz me recrimina: “No se puede tomar otro cuando está funcionando este”. No contesto. Espero. Llega otro ascensor. Iba a un piso alto. A poco de llegar, se detiene entre pisos. Leve terror y leve duda. Pulso la alarma. Grito algo. Voz del encargado: “Abra y cierre la puerta, que se soluciona”. Dudo entre hacerlo o no para comprobar mi sospecha de “el portero, perdón, encargado… pudo tener algo que ver”. Me ganan los nervios. Hago sonar la puerta al cerrarse. El ascensor sigue viaje. Desciendo con el corazón elevándose hacia mi garganta en sus pum, pum, pum de bronca y temor.
Me abre la puerta la mamá de la nena, le cuento y desestima que el portero, perdón, encargado, me haya dado una lección sobre cómo se sube al ascensor. Es tan buena persona. ¿Un vaso de agua? ¡Qué feo lo que pasó! Me parece que hay un ascensor que no anda bien. No, el portero, digo, encargado no… Después vemos.

Pasa la clase. Explico cómo expresarse mejor por escrito. Casi me olvido de todo; sin embargo, al salir, la señora de la casa le dice a la nena: “acompañala abajo y hablen con el portero, digo, encargado, a ver qué pasó”.

Maldita idea. La nena lo busca y lo encuentra en la calle. Aire de bravucón ya le había visto pero nunca se juzga por el aspecto. Pinta de patrón por la vereda, igual lo inculpo al tiempo que voy alimentando la indignación: que si me pasaba algo mientras él me hacía la bromita por no cumplir sus instrucciones de tomar el ascensor que “correspondía”, que si le parecía hacer semejante cosa, y cómo se le ocurría y qué sé yo que más. El tipo sonrisita burlona, el tipo socarrón, el tipo que va también poniéndose más provocador, termina con un “cállese relajada, usted es una relajada”.

Yo no sé de dónde me salió pero como se me venía encima con el dedito acusador al mentar el “relajada, relajada”, le di un buen sopapo de revés. En la vida me hubiera creído capaz, pero era una forma de atajarlo, de parar esa andanada de agravios y de miradas… no procaces, sobradoras, ganadoras, de quien se quiere imponer. Fue recibir el bofetón y sentir cómo me agarraba de una muñeca con fuerza de matón mientras me arrastraba por la calle hacia el edificio. Hacia el edificio por la calle. Pegué un par de gritos mientras trataba de soltarme, pleno día, y nadie que se acercara. Llevaba una carpeta y una agenda. Se las revoleé en la cara y ahí logré que zafar. Ya libre de esa garra miré a la nena, que con ojos de espanto había oído y visto todo y asistía a una escena de violencia inconcebible.

Llego al vestíbulo del edificio de clase media alta. Hora en que empezaban a llegar los propietarios. El portero, furioso, seguía repitiendo “es una relajada, no ven que es una relajada”. Buscaba yo alguna persona, un propietario, que se detuviera a preguntarme qué había pasado, qué sucedía, que parara a ese portero que seguía en sus trece incriminando “me pegó, me pegó”… Nadie se hizo cargo. Subían al ascensor apurados y sin dar crédito a mis dichos. Y aquí viene lo mejor: apareció “la señora del portero, perdón, encargado… ¡a recriminarme que fuera la relajada de la que hablaba su marido! A los gritos. Bajó la mamá de la nena que había solicitado mis servicios de profesora en Letras para la nena que no redacta bien.
 “Es un buen tipo, fue todo un malentendido, no te preocupes, ya pasó”. ¿Ya pasó? La nena le decía “pero mamá, ¡vos no sabés lo que le dijo y lo que le hizo ¿Pedro, Juan, Alfonso, no me acuerdo el nombre?! ¡La arrastró por la calle! La nena trataba de convencer a la madre de que la cosa había sido tremenda, pero hablaba bajito, como susurrando, empavorecida pero contenida.

No pasó nada. Todos, absolutamente, estuvieron del lado del portero, perdón, encargado. Todos me hicieron sentir que lo había provocado, que no tenían idea de lo sucedido, que el encargado era persona de confianza. Huí despavorida. En la retirada, me sonrió un colega de otro edificio del portero, perdón, encargado, al que le había gritado “usted es testigo de lo que hizo”. Me sonrió socarrón, y con la misma mirada con que me espetó “yo no vi nada”. 

Hay un excepcional vínculo entre el ahora llamado encargado (“o se ofende”) y los habitantes de los edificios “de propiedad horizontal”. Una regla no escrita de “hay que llevarse bien con él” y especialmente creerse absolutamente de que “es buen tipo, tiene sus cosas, pero es buen tipo”. Y por encima de todo, no hay que darle motivos para que se enoje.

¿Será porque es el controla, el que sabe todo, el que nos hace favores, el que…? ¿Nadie recuerda un tremendo artículo de un periodista sobre el todo poder de los porteros (así, portero, nomás), por el que tuvo luego que pedir disculpas al gremio? ¿Se acuerdan de que se les atribuye ser informantes en la época del proceso?

En fin, que da para seguirla. Pero lo que les cuento fue así. A mí me pasó lo que me pasó y he vivido ese detesto a este portero, perdón, encargado, pero  no lo podemos echar y menos ponerlo “en contra” porque... ¿Por qué? 

Si el portero, perdon, encargado de la calle Ravignani involucrado en la muerte de Ángeles Rawson es o no culpable, y en qué grado, va por otro carril la investigación. A mí me despertaron estas palabras todas las declaraciones de “poner las manos en el fuego” por alguien cuando nadie a poco de razonar un poco lo hace ni por sí mismo, dicen por ahí. Y ese nadie-alguien es un portero, perdón, encargado.




7.5.13

Me tiraste un limón, y tan amargo... Miguel Hernández, gracias





Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.



Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.



Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,





se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho 

una picuda y deslumbrante pena.




autógrafo


Me tiraste un limón, y tan amargo,
tan tierno y rigurosamente sabio,
tan fulminante y, aun así, el labio,
a buena muerte cedió largo a largo. 



Con el golpe amarillo, de un letargo
asiduo, tu piedad, la más dura,
mis humores que fluían en tristura
animaron ese instante fatal en sin embargo.


Pero al mirarte y verte la sonrisa
y tu ceño en abismal estrecho,
por no entenderlos estalló mi pena,



se me durmió la sangre en la camisa,
perdí noción de izquierdo y  de derecho
y me entregué a tu letal condena.


28.4.13

Homenaje al Comandante Hugo Chávez

Gracias a esos jóvenes de Holguín por este homenaje. Ya sabemos cuánto cuesta vencer tanto bloqueo. Pero ellos lo logran y hacen belleza y dignidad. Y canto...


video

17.1.13

"Abrite, Agolino..."


Contaba mi papá que su hermano era de los de espalda contra espalda para acompañarse. Lo amaba violentamente..., como para renegar de él y buscarlo en las pesadillas gritando su nombre.

Ese nombre pronunció, contaba, con voz acuciante, cuando el bote en el que iban, por Punta Lara, se les dio vuelta ante la embestida de ese río traicionero, el de La Plata que nunca fue. Cómo no iba a ser engañador el río ése.

Iban, pues, tres amigos en ese botecito enclenque, tras asado de domingo de salida al sol, en cofradía amistosa que se juntaba en una casilla ¿sobre la costanera? Un día de sentirse libre, de andar de masculinas aventuras. Invitación a qué negarse la del río allí y un bote a mano para montarlo.

Así que iban, en el botecito, tres amigos, dos de ellos hermanos de espalda contra espalda, uno mi padre, y un oleaje repentino del río que se picaba sin anunciarlo los dejó desamparados en el agua cuando se hundió sin una tabla de naufragio a la que asirse.

Agolino sabía nadar; mi padre se las arreglaba para flotar “más o menos”; el tercero, pobrecito, no podía sino debatirse.

La mente de mi papá era una máquina precisa ante el peligro; se le ponía serena, me confiaba, y le permitía hacer cálculos y aprontar, preciso, el cuerpo, para decidir cómo actuar. Y eso no me lo tenía que explicar mucho...

Dice que como un relámpago pensó que todos se hundirían si se quedaban juntos; que “éste nos va a arrastrar con él, yo apenas me las arreglo pero Agolino sabe nadar..., él se puede salvar...” Mejor separarse, mejor separados... Esto mientras mi tío y él seguían juntos y el desesperado ya tosía agua...

Y entonces lo gritó: “¡Abrite, Agolino, abrite! Vos nadás, ¡abrite! ¡Abramosnós!

Mi tío lo miró a mi papá que lo miró; se miraron rápido... Comprendió y por comprender se alejó nadando.

Braceaba y pataleaba mi padre su nado chapucero, más bien en vertical, pero avanzando; hacia el lado opuesto, claro, intentando toparse con la salvación...

Que llegó cuando con la punta de sus dedos rozó la superficie de un banco de arena... otra de las trampas de ese río mañoso. Pero esta vez socarroneó una ayuda. Esta vez. Era un apenas, pero le permitía “hacer pie”. Y allí sintió que tal vez la aventura sería para contarla.

Y “vuelvan que acá hago pie, vénganse; Agolino, Agolino, hago pie”. Agolino regresó al llamado de mi padre..., y entre los dos arrastraron al amigo que ya no daba más.

“Nos salvaste, Mauricio, mirá, nos salvamos”... Y todos miraron cómo se acercaba una lancha de Prefectura.