20.6.13

Tu nombre

Tu nombre pronuncio.
Tu nombre pronuncio y empieza 
por rasgarme la garganta. 

Arranca chispas
de la lengua, 
con su sibilante alargada del deseo.

Fuego corre por los dientes 
cuando roza
ardiendo encías,
y vibra quemando en el paladar.

Palpitan alvéolos, labios consume.


Abiertamente vocaliza
y se detiene
en un lamento
consonante de mi locura.

19.6.13

Defensa del portero… digo…, encargado, ¡perdón, perdón!




En los últimos diez días, no deja de abrumarnos casi, en el estilo ahora llamado “cadena nacional”, el “caso Ángeles Mumi Rawson”. De inmediato, salieron los “ciudadanos de bien”  pidiendo linchamientos y reclamando pena de muerte ya. Al tiempo que se enfatizaba sobre la “inseguridad” que nos acosa, que está a la vuelta de la esquina, que la próxima vez serás vos o tu hija; y, claro, si no estás de acuerdo, enseguida, te escupen: “¿pero vos tenés hijos?” o te argumentan con que a estos tipos no les cabe otra cosa y similares.

Después, avanzada la investigación, se demostró que el problema no había sido en ese temible e “inseguro” lugar “público”, sino dentro del edificio donde vivía la víctima. ¿Una tragedia “intrafamiliar”? Las declaraciones de una madre que sonaraon "extrañas para las circunstancias" y el aspecto de un padrastro que "no me cae bien” los convirtieron pusieron en el blanco. Ay, Camus y tu “El extranjero”..., qué grande sos.

Pero… la vida te da sorpresas. Y se incriminó el portero. A sí mismo. Nada de usar ‘auto-’ por favor. Ah, aclaremos, perdón, perdón, ¡encargado, se llama en-car-ga-do!

¿Y ahora qué hacemos? ¿El encargado, ese tipo tan gentil que me lleva la bolsa de las compras cuando pesa mucho, que me ayudó con el auto, que me abre la puerta, que saluda con respeto, tan amable, tan gentil, tan pendiente de lo que ocurre en la casa? ¡El encargado no puede ser el asesino, con esa cara de buen tipo, al que conocemos hace años, que tiene las llaves de mi departamento! ¡No, el encargado no, salgamos a defenderlo de ser un “perejil”. Ponemos las manos en el fuego por él. Sí, ponemos las manos en el fuego. Las ponemos sin dudar.

¿Qué pasa que nadie puede creer que el portero, perdón, encargado, sea culpable o cómplice o partícipe de la muerte de esta criatura? ¿Por qué él no, no y no?

Ciertas voces se han refirido a esta defensa a ultranza. Bueno, alguna teoría se puede esbozar al respecto. Pero me falta para experta, así que voy a contar una anécdota que quizá sirva de ejemplo para corroborar mi hipótesis sobre la fidelidad y respaldo al portero… Uy, perdón, encargado. Ese tipo que controla las vidas de todos, con la que todos los señores y las señoras del consorcio desean quedar bien, muy bien. Hasta poner el fuego en las manos. Hasta "movilicémonos para apoyarlo". 

Resulta que un día de casi verano, voy a dar una clase particular (por pedido de su mamá) a una nena de unos diez o doce añitoos que vivía en un edificio de departamentos cerca de mi casa. Entro al vestíbulo y me enfrento a tres ascensores. Se abre uno y suben tres hombres con overoles y herramientas. Ante miraditas ya un poco “incomodantes”, me quedo quietecita y prefiero esperar a tomar otro ascensor. Debe haber campaneado ahí esa advertencia acerca de evitar subir al ascensor con extraños en un edificio desconocido... qué sé yo. Por las dudas... “Tome ese ascensor, ¿por qué no sube?”, oigo una voz detrás de mí. El encargado me conminaba a abordar el medio de transporte. Contesto: “Prefiero tomar otro”. Y la voz me recrimina: “No se puede tomar otro cuando está funcionando este”. No contesto. Espero. Llega otro ascensor. Iba a un piso alto. A poco de llegar, se detiene entre pisos. Leve terror y leve duda. Pulso la alarma. Grito algo. Voz del encargado: “Abra y cierre la puerta, que se soluciona”. Dudo entre hacerlo o no para comprobar mi sospecha de “el portero, perdón, encargado… pudo tener algo que ver”. Me ganan los nervios. Hago sonar la puerta al cerrarse. El ascensor sigue viaje. Desciendo con el corazón elevándose hacia mi garganta en sus pum, pum, pum de bronca y temor.
Me abre la puerta la mamá de la nena, le cuento y desestima que el portero, perdón, encargado, me haya dado una lección sobre cómo se sube al ascensor. Es tan buena persona. ¿Un vaso de agua? ¡Qué feo lo que pasó! Me parece que hay un ascensor que no anda bien. No, el portero, digo, encargado no… Después vemos.

Pasa la clase. Explico cómo expresarse mejor por escrito. Casi me olvido de todo; sin embargo, al salir, la señora de la casa le dice a la nena: “acompañala abajo y hablen con el portero, digo, encargado, a ver qué pasó”.

Maldita idea. La nena lo busca y lo encuentra en la calle. Aire de bravucón ya le había visto pero nunca se juzga por el aspecto. Pinta de patrón por la vereda, igual lo inculpo al tiempo que voy alimentando la indignación: que si me pasaba algo mientras él me hacía la bromita por no cumplir sus instrucciones de tomar el ascensor que “correspondía”, que si le parecía hacer semejante cosa, y cómo se le ocurría y qué sé yo que más. El tipo sonrisita burlona, el tipo socarrón, el tipo que va también poniéndose más provocador, termina con un “cállese relajada, usted es una relajada”.

Yo no sé de dónde me salió pero como se me venía encima con el dedito acusador al mentar el “relajada, relajada”, le di un buen sopapo de revés. En la vida me hubiera creído capaz, pero era una forma de atajarlo, de parar esa andanada de agravios y de miradas… no procaces, sobradoras, ganadoras, de quien se quiere imponer. Fue recibir el bofetón y sentir cómo me agarraba de una muñeca con fuerza de matón mientras me arrastraba por la calle hacia el edificio. Hacia el edificio por la calle. Pegué un par de gritos mientras trataba de soltarme, pleno día, y nadie que se acercara. Llevaba una carpeta y una agenda. Se las revoleé en la cara y ahí logré que zafar. Ya libre de esa garra miré a la nena, que con ojos de espanto había oído y visto todo y asistía a una escena de violencia inconcebible.

Llego al vestíbulo del edificio de clase media alta. Hora en que empezaban a llegar los propietarios. El portero, furioso, seguía repitiendo “es una relajada, no ven que es una relajada”. Buscaba yo alguna persona, un propietario, que se detuviera a preguntarme qué había pasado, qué sucedía, que parara a ese portero que seguía en sus trece incriminando “me pegó, me pegó”… Nadie se hizo cargo. Subían al ascensor apurados y sin dar crédito a mis dichos. Y aquí viene lo mejor: apareció “la señora del portero, perdón, encargado… ¡a recriminarme que fuera la relajada de la que hablaba su marido! A los gritos. Bajó la mamá de la nena que había solicitado mis servicios de profesora en Letras para la nena que no redacta bien.
 “Es un buen tipo, fue todo un malentendido, no te preocupes, ya pasó”. ¿Ya pasó? La nena le decía “pero mamá, ¡vos no sabés lo que le dijo y lo que le hizo ¿Pedro, Juan, Alfonso, no me acuerdo el nombre?! ¡La arrastró por la calle! La nena trataba de convencer a la madre de que la cosa había sido tremenda, pero hablaba bajito, como susurrando, empavorecida pero contenida.

No pasó nada. Todos, absolutamente, estuvieron del lado del portero, perdón, encargado. Todos me hicieron sentir que lo había provocado, que no tenían idea de lo sucedido, que el encargado era persona de confianza. Huí despavorida. En la retirada, me sonrió un colega de otro edificio del portero, perdón, encargado, al que le había gritado “usted es testigo de lo que hizo”. Me sonrió socarrón, y con la misma mirada con que me espetó “yo no vi nada”. 

Hay un excepcional vínculo entre el ahora llamado encargado (“o se ofende”) y los habitantes de los edificios “de propiedad horizontal”. Una regla no escrita de “hay que llevarse bien con él” y especialmente creerse absolutamente de que “es buen tipo, tiene sus cosas, pero es buen tipo”. Y por encima de todo, no hay que darle motivos para que se enoje.

¿Será porque es el controla, el que sabe todo, el que nos hace favores, el que…? ¿Nadie recuerda un tremendo artículo de un periodista sobre el todo poder de los porteros (así, portero, nomás), por el que tuvo luego que pedir disculpas al gremio? ¿Se acuerdan de que se les atribuye ser informantes en la época del proceso?

En fin, que da para seguirla. Pero lo que les cuento fue así. A mí me pasó lo que me pasó y he vivido ese detesto a este portero, perdón, encargado, pero  no lo podemos echar y menos ponerlo “en contra” porque... ¿Por qué? 

Si el portero, perdon, encargado de la calle Ravignani involucrado en la muerte de Ángeles Rawson es o no culpable, y en qué grado, va por otro carril la investigación. A mí me despertaron estas palabras todas las declaraciones de “poner las manos en el fuego” por alguien cuando nadie a poco de razonar un poco lo hace ni por sí mismo, dicen por ahí. Y ese nadie-alguien es un portero, perdón, encargado.




7.5.13

Me tiraste un limón, y tan amargo... Miguel Hernández, gracias





Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.



Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.



Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,





se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho 

una picuda y deslumbrante pena.




autógrafo


Me tiraste un limón, y tan amargo,
tan tierno y rigurosamente sabio,
tan fulminante y, aun así, el labio,
a buena muerte cedió largo a largo. 



Con el golpe amarillo, de un letargo
asiduo, tu piedad, la más dura,
mis humores que fluían en tristura
animaron ese instante fatal en sin embargo.


Pero al mirarte y verte la sonrisa
y tu ceño en abismal estrecho,
por no entenderlos estalló mi pena,



se me durmió la sangre en la camisa,
perdí noción de izquierdo y  de derecho
y me entregué a tu letal condena.


28.4.13

Homenaje al Comandante Hugo Chávez

Gracias a esos jóvenes de Holguín por este homenaje. Ya sabemos cuánto cuesta vencer tanto bloqueo. Pero ellos lo logran y hacen belleza y dignidad. Y canto...


17.1.13

"Abrite, Agolino..."


Contaba mi papá que su hermano era de los de espalda contra espalda para acompañarse. Lo amaba violentamente..., como para renegar de él y buscarlo en las pesadillas gritando su nombre.

Ese nombre pronunció, contaba, con voz acuciante, cuando el bote en el que iban, por Punta Lara, se les dio vuelta ante la embestida de ese río traicionero, el de La Plata que nunca fue. Cómo no iba a ser engañador el río ése.

Iban, pues, tres amigos en ese botecito enclenque, tras asado de domingo de salida al sol, en cofradía amistosa que se juntaba en una casilla ¿sobre la costanera? Un día de sentirse libre, de andar de masculinas aventuras. Invitación a qué negarse la del río allí y un bote a mano para montarlo.

Así que iban, en el botecito, tres amigos, dos de ellos hermanos de espalda contra espalda, uno mi padre, y un oleaje repentino del río que se picaba sin anunciarlo los dejó desamparados en el agua cuando se hundió sin una tabla de naufragio a la que asirse.

Agolino sabía nadar; mi padre se las arreglaba para flotar “más o menos”; el tercero, pobrecito, no podía sino debatirse.

La mente de mi papá era una máquina precisa ante el peligro; se le ponía serena, me confiaba, y le permitía hacer cálculos y aprontar, preciso, el cuerpo, para decidir cómo actuar. Y eso no me lo tenía que explicar mucho...

Dice que como un relámpago pensó que todos se hundirían si se quedaban juntos; que “éste nos va a arrastrar con él, yo apenas me las arreglo pero Agolino sabe nadar..., él se puede salvar...” Mejor separarse, mejor separados... Esto mientras mi tío y él seguían juntos y el desesperado ya tosía agua...

Y entonces lo gritó: “¡Abrite, Agolino, abrite! Vos nadás, ¡abrite! ¡Abramosnós!

Mi tío lo miró a mi papá que lo miró; se miraron rápido... Comprendió y por comprender se alejó nadando.

Braceaba y pataleaba mi padre su nado chapucero, más bien en vertical, pero avanzando; hacia el lado opuesto, claro, intentando toparse con la salvación...

Que llegó cuando con la punta de sus dedos rozó la superficie de un banco de arena... otra de las trampas de ese río mañoso. Pero esta vez socarroneó una ayuda. Esta vez. Era un apenas, pero le permitía “hacer pie”. Y allí sintió que tal vez la aventura sería para contarla.

Y “vuelvan que acá hago pie, vénganse; Agolino, Agolino, hago pie”. Agolino regresó al llamado de mi padre..., y entre los dos arrastraron al amigo que ya no daba más.

“Nos salvaste, Mauricio, mirá, nos salvamos”... Y todos miraron cómo se acercaba una lancha de Prefectura.


12.6.12

Teófilo Stevenson. Lo que me contaron...



Teófilo Stevenson


No sé cómo se le ocurrían a mi papá sus relatos. De dónde, por ejemplo, había sacado la historia de una conversación entre Fidel y el boxeador Teófilo Stevenson, que me relataba con pelos y señales, gestos y tonos, reproduciendo divertidas coloquialidades. 

En verdad, no era el único relato que me construía como motor de mi imaginación. Lo que sucede es que mi viejo no era devoto de la típica costumbre del “cuentito de antes de ir a dormir” para zamparme alguna historia de bellas princesas durmientes, duendes o brujitos de Gulubú.

Parece que mi papá tenía la intención de legarme unas ideas que lo poblaban en estado de convicción. Y mucha y apasionada, pero nunca irracional o falta de objetividades que se podían comprobar.  El que quiera buscar, encontrará las fuentes de lo “a continuación”.

Y a continuación es esto que ahora evoco yo que me narraba, supongo que sentados a la mesa de la cocina o del comedor, mate cocido recién servido a su entrada de trabajar, las manos entintadas con sellador para madera o goma laca asiendo la taza que echaba humo en fragantes bocanadas, de Teófilo y Fidel, o al revés, más o menos así:

“Y entonces Fidel lo agarró a Stevenson y le dijo: ‘Oye, chico, si te querés ir a Estados Unidos por la  plata, andá que seguro te van a llenar de millones. Pero eso sí, ahí no te van a cuidar, te van a hacer profesional y tu vida no valdrá nada más que lo que ellos ganen con vos. Te van a destrozar si es preciso. Pensalo bien. Aquí vas a tener la gloria de ser campeón cubano y amateur, cerca del pueblo de la Revolución’.”

Que mi viejo se leyó la historia de cómo Stevenson se quedó en Cuba, renunció al millón de dólares, se quedó en el amateurismo y le hizo un corte de manga a la tentación que llegaba del Norte, o que la escuchó de alguien que sabía bien de qué hablaba, eso es seguro y comprobable.

Ahora, qué sé yo de ese encuentro entre Fidel y Stevenson y cómo fue y qué se dijeron, si es que el Comandante lo llamó y le dijo lo que tenía que decirle. Pero, a mí, me lo contaron…

Lo que sí sé es que a mí Fidel, Stevenson, Camilo, el Che y Cuba me visitaron la infancia y siguieron por aquí, gracias a estos cuentos que no eran cuento.

Y hoy que Teófilo se nos fue, campeón por siempre, y que me doy cuenta de que tenía casi mi edad, le agradezco a mi padre que a su hija la arrullara con esos relatos tan maravillosos como los de hadas, duendes y brujas de la hora de dormir… Es que don Mauricio prefería las bellas  despiertas, muy despiertas...

Hasta siempre, Téofilo Stevenson

Ayer por la tarde falleció Teófilo Stevenson. Para quienes se pregunten quién era, comparto algunas notas de medios de información de la isla a cuyo digno pueblo perteneció, y donde fue coronado de gloria y amado por su lealtad a la Revolución.


1. Falleció en La Habana el gran campeón Teófilo Stevenson
2. El pueblo de Cuba despide a Teófilo Stevenson
3. Palabras de despedida de Fidel


Me duele esta partida, porque era Teófilo el campéon por siempre amateur, con lo que implica serlo, con lo que evoca esa palabra: "el que ama lo que hace", para mí mejor definición que "aficionado", acepción que se fijó para distinguir al que hace algo "de pago", digamos, y no por vocación..., por amor, vamos (no ven, acaso, en la raíz de la palabra el eco de amator, en latín..., pero esa es otra historia, o no).


Y ese amar lo que se hace sin ponerle más precio que la vida digna fue lo que hizo la diferencia en la vida de Teófilo Stevenson.


Claro que merecía una vida más larga para cosechar por más tiempo el amor de ese pueblo valiente del que surgió, de ese pueblo que ama su patria, palabra que allí cobra otra dimensión, otras resonancias. Pueblo que sostiene con tierna dureza lo ganado por la Revolución, del que también era hijo dilecto.


Y con Fidel y con Silvio (en su Segunda Cita, a través de un conmovido comentario) me permito el homenaje: 


GLORIA ETERNA A SU MEMORIA, dijo el Comandante. 


GLORIA ETERNA A ESA GLORIA DEL DEPORTE CUBANO Y UNIVERSAL, dijo el trovador más necio, el Aprendiz Mayor.


21.4.12

Eduardo Galeano predica el "geese teamwork"

Que alguien me lo explique. Que cuando pueda leer el libro encuentre esa explicación que busco. Que me digan o lea una nota de advertencia de que algunos de los textos del libro Los hijos de los días, de Eduardo Galeano (que está presentando ahora mismo), tienen su origen en relatos anónimos, que son versiones, que ha abrevado en fuentes que andan circulando por ahí, sin autor conocido... 

Si no es así, ¡qué desilusión! Porque ¡vamos!, el escrito de Galeano dedicado al 1.º de Mayo, día del Trabajo o del Trabajador, (cuya materia prima circulante ha sido reelaborada, como cambiar "gansos" por "patos" y alguna que otra triquiñuela remozadora: "superpato" y "subpato" no están mal) refiere a una "teoría" o, mejor "lecciones" que han estado rodando especialmente por Internet, y (al menos hasta allí he llegado) provienen de un sermón (o un escrito) de un tal Dr. Robert McNeish dio en 1972, diz que en Baltimore. 

El que busca, encuentra. Y se encontrará que estas lecciones que dan los gansos se usan como soporte de cursos (me atrevo a relacionarlos con el famoso coaching) para empresas, de liderazgo, y se los halla mucho en sitios de cristiana orientación. Es que como mensaje tiene su atractivo por apelar a la solidaridad, al bien común, a la colaboración...

Para muestras, los botones. 
Saque el lector conclusiones. 




Escribe Eduardo Galeano el 1.º de Mayo de su Hijo de los días.

Mayo 1
Día de los trabajadores
Tecnología del vuelo compartido: el primer pato que levanta vuelo abre paso al segundo, que despeja el camino al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al quinto, y el impulso del quinto empuja al sexto, que presta viento al séptimo…
Cuando se cansa, el pato que hace punta baja a la cola de la bandada y deja su lugar a otro, que sube al vértice de esa V que los patos dibujan en el aire. Todos se van turnando, atrás y adelante; y ninguno se cree superpato por volar adelante, ni subpato por marchar atrás.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Así se cuentan las lecciones de los gansos sobre "trabajo en equipo" en este video subido a Youtube.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Pero la historia, como se comprueba, ha bajado desde el Norte, donde se cuenta pero "en inglés, en el original", aclararía un traductor.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Y se puede seguir rastreando. Hay muchísimas versiones. Hasta el supuesto escrito "original" con cada una de las lecciones pergeñadas por el Dr. McNeish se puede encontrar. Ah, Internet, Internet, ese infierno tan temido..., citado por Onetti en el título de su cuento. Pero esa es otra historia: se llama intertextualidad.






20.4.12

Me queda la palabra


Amo las palabras
La que ahora escribo:
“palabra”,
esta palabra “palabra”…
la amo.
Ay, palabra.

Es que soy palabra,
mi historia
se ha fundado
con palabras,
y si hay porvenir,
será por la palabra,
verbo en futuro.
Y el presente
se dice con la palabra
“hoy”.
Perseguida,
asediada
palabra,
que me persigue
y asedia.

Ay, palabra,
yo te amo.
De mí
nada quedaría
sin palabras,
“palabra”.
No te me niegues.
que me muero
de tu ausencia.
Ay, palabra.


Si he perdido la vida, el tiempo, todo 
lo que tiré, como un anillo, al agua, 
si he perdido la voz en la maleza, 
me queda la palabra. 

Si he sufrido la sed, el hambre, todo 
lo que era mío y resultó ser nada, 
si he segado las sombras en silencio, 
me queda la palabra. 

Si abrí los labios para ver el rostro 
puro y terrible de mi patria, 
si abrí los labios hasta desgarrármelos, 
me queda la palabra.

                    Blas de Otero

10.4.12

El té de mamá


Mamá nunca tuvo sesudas respuestas para calmar mi incertidumbre de vivir.

En cambio, en momentos de escándalo por la soledad o el vacío insoportables, ella, sin respuestas sesudas ni palabras de consuelo constructoras de mejores circunstancias, llaves cuasi mágicas que ilusionan así con que “algún día” (casi siempre, pronto) abrirán las puertas a “un porvenir mejor”, ella, digo, en cambio, simplemente me decía “te hago un tecito”, y se iba a la cocina.

Es un lugar mágico la cocina (que me parece tiende a la desaparición); pero allí, tarde o temprano, realmente o en nuestro imaginario, volvemos las mujeres. Será que conserva algo del rito ancestral de reunirse ante el fuego para preservarlo, y así continuar la vida. Cosa brava para la humanidad.


Mamá, entonces, se iba a la cocina, y volvía con la taza de té. Una taza de té que me tomaba a veces sin saber si me apetecía , pero como era de esos de los que alivian o cortan o acompañan sollozos, una taza de té para sueños hechos trizas, inexplicables tristezas, amarguras qué sé yo...

Sin buscar entender, sin contestar, sin proponer sabiduría, sólo con la certeza de que su té servido en bandeja obraría el milagro de sanar (al menos por un rato) llegaba de vuelta y resueltamente me proponía una tregua al malvivir.

Ese té no se consigue en parte alguna. Es un té que no hacen más. Ahora es sólo té de reparar más ausencia, té de intentar servirlo sola, humeando humeante, caliente y dulzón. Lo preparo en una cocina a medio construir. Son tiempos más difíciles. Pero la maldita esperanza recupera un poco de verdor a pura fuerza de hornalla y vapor silbador.

28.1.12

La foto de Spinetta, lo más espurio de los medios, su poder

En esta entrada de su excelente página web, Víctor Hugo Morales entrevista a un periodista gráfico que actuó independientemente del mandato que sus jefes le daban en el momento en que se producía la muerte repentina del diputado Carlos Auyero. Hay videos y audio que complementan lo narrado. Y se agradece. 


Hay que subrayar que hay datos muy interesantes aportados de otro caso de tres periodistas, dos de los cuales se negaron a la villanía que les proponían, y el de un tercero, en cambio, que aceptó. Lo terrible es saber cómo progresó quien decidió que "todo vale", que no hay moral ni ética, y qué importa ser un miserable.


En manos de los medios estamos. Los medios hacen eso, median o son intermediarios, se ponen entre nosotros y la realidad para contarla como mejor les convenga. Por supuesto hay excepciones. Uno es Víctor Hugo, que está recibiendo de diestra más que de siniestra, aunque también de esta última, por su conducta "militante" de estos últimos tiempos. 


Sepamos ver, sepamos buscar. No es verdad "porque salió en un periódico, la tele o lo dijeron por radio". Cuidado. No hay palabra inocente, ni periodistas con 10 en objetividad. Y la manipulación es evidente. 


Ampliaremos. 

 

18.1.12

Otra vez sopa con la ley S.O.P.A.

Este blog y sus blogs hermanos se pronuncia en contra de la ley S.O.P.A (Stop Of Piracy Act).


Para una información sobre esta ley, se puede consultar aquí  (fuente: Wikipedia).


Pero recomendamos leer especialmente las desventajas que señalan muchos medios respecto de dicha ley.
Por ejemplo, este artículo de Página/12 advierte que "Está en juego la libertad".


Como siempre, Mafalda apunta y acierta cuando dice "otra vez sopa". Y se ha convertido en ícono contra los alcances negativos de la ley que se pretende imponer. Pueden leer su ¡PUAJ! (gracias a www.baquia.com, de donde fue tomado). Se explica muy bien allí los alcances de esta ley. Recomendamos su lectura con Mafalda como señalando el "palito de abollar ideologías".


Así que, siendo verano, ¡mejor SOPA NO!





15.1.12

¿Príncipe azul? Mejor, un Casanova

Uno debe decir que "menos mal que existen" los Juan Gelman para iluminarnos después de haber echado una mirada de través, a contrapunto de la "historia oficial".


El sublime poeta nos (re)descubre a Casanova en este artículo, "Carísimo Giacomo", y nos lo vuelve carissimo tras la lectura. ¡Quién lo hubiera pensado "protofeminista"! Aunque algo habremos sospechado al ver la versión del "más amante de los amantes" en el filme de Fellini...


Entonces, mujeres, quizá equivocamos el rumbo. Habrá que buscarse y no precaverse de un Casanova y dejar de soñar el Príncipe Azul, que ¡ay! cómo destiñe.


Además, digo yo, luego de leer a Gelman que cita a Beaudelaire, ¡qué revolución harían unos virtuosos voluptuosos!





14.1.12

Recuerdo de vos


Qué cosa que mi recuerdo de vos tenga esta vida, y en cambio yo te sea, seguramente, sombra o, con suerte, antigua imagen que captura un parpadeo, o más vale vacío parecido a una muerte. Qué cosa ser capaz de recuperar cada segundo de un segundo de vos, y vos, en cambio, seguramente…

Extraño, sí…, tantos años, tantos y, por ejemplo, todavía el dedo tuyo frío recorre despacito, apenas, mi hombro desnudo, frío el dedo, qué raro tan frío pero tan intenso tu dedo sobre mi hombro desnudo que se estremece, el hombro se estremece y también el frío de tu dedo, que contagia la piel toda de mi cuerpo… Debe estar frío ese dedo, sí, si estamos  en aquel cine con olor a humedad y película de culto que miro y mientras miro, miro tu pelo y resplandece cobrizo el pelo, lo recuerdo, porque lo decidí así la primera vez que vi tu pelo, y más cuando lo rocé, suave tu pelo a la altura de tu nuca, de tu nuca suave por el pelo cobrizo, ay adolescencia mía que se enciende y se va entregando mientras me digo esta soy yo, y sos vos (es él, digo, pero él sos vos) a mi lado, todo vos bello Amadís de Gaula de mis primeras Letras, ¿y me elegiste a mí?, que estoy a tu lado y de tu pelo cobrizo que se hace más suave en la nuca y mientras me digo sos vos, es decir, es él, el dedo frío recorre mi hombro. Sos vos soy yo mirando la pantalla, y la luz que irradia la pantalla donde va pasando la película que elegiste, justamente, "Teorema", nos expone mirándonos de reojo por turnos; pero sobre todo pasa que tu dedo frío recorre mi hombro despacito pero intenso y yo, que ya sabía, me quedo eternamente en ese instante y entonces todavía tu dedo sigue en mi hombro, hablo de tu dedo frío que  me prometía no ardores pero sí dramáticos descubrimientos y sé que estaba frío para sorprenderme para el sobresalto para que lo lleve como marca y las marcas se hacen a fuego pero esta marca es de un dedo frío que en un cine húmedo recorre para siempre mi hombro desnudo, desnudo para el ardiente escalofrío.

3.11.11

Fragmento de mi ¿"novela"?

Sentados frente a la ventana, la "mama" hacía que Pancho y mi madre se sentaran a mirar hacia afuera a través de una ventana. Siete, ocho años, tenían. A veces caía una lluvia finita e insistente. Y no se movían. Para nada. “Quietitos, nos quedábamos allí, en silencio, mirando caer la lluvia”. 

Adentro, la "mama", mi abuela, se dedicaba a ¿ limpiar, ordenar, planchar? en la casa de la familia donde estaba empleada. Y ellos sabían que tenían que quedarse así hasta que terminara. “Sentaditos, quietitos, nos quedábamos. Ni nos movíamos. Sin molestar mientras la "mama" trabajaba". Afuera caía la lluvia, quizás finita e insistente, y ellos la veían sentados en unas banquetas, con la orden de no moverse, de hacer como si no estuvieran.

Esto me contaba mi madre. Por eso yo sé que hubo dos chicos de siete años u ocho años que veían caer la lluvia, quizá finita e insistente, sentados en una banqueta, quietitos y en silencio, en una casa en la que tenían interdicta la mirada “hacia adentro”… La casa “de los otros” donde trabajaba mi abuel
a.

Tristia

No dedicado al escritor que, allá lejos y hace tiempo, me dijo con tono de asquito "No me digas que escribís poemas en prosa...". Ni al "amigo" que me reprochó "Pero vos siempre tan triste..."



Hay tristezas pequeñas, que apenas nos salpican los zapatos. Tristezas de tibios adioses que no dejan huellas, que se olvidan al doblar la esquina.

Hay tristezas que nos invaden durante un día, porque un perro nos miró con ojos melancólicos y no pudimos ofrecerle un hogar.

Hay tristezas que duran un tiempo: dan vueltas a nuestro alrededor, nos arruinan algunas tardes de sol y, en noches de lluvia, nos hacen pegar la frente nostálgica a la ventana. Tristezas que nos traen seductores pensamientos de suicidios inconclusos. Tristezas que se van esfumando o dejamos abandonadas en un rincón..., hasta el próximo encuentro.

Hay tristezas que caen como cataratas, como verdaderos aluviones. Tristezas que nos invaden, nos arrollan a su paso y nos obligan a buscar refugios inexistentes o escurridizos rincones. Esa tormenta de tristezas no se detiene fácilmente; arrasa las débiles trincheras que levantamos para protegernos y nos empapa alma y cuerpo. Hasta las uñas de los pies sufren el embate de estas tristezas dispuestas a acabar con la poca alegría que pueda convocar la vida.

Hay tristezas persistentes, insistentes, impertinentes. Tristezas que, luego que amaina el temporal de tristezas, se instalan como finísima garúa de tristezas que nos cala los huesos y el deseo, la ílusión y la esperanza.

Hay tristezas perennes para las que no hay conjuro posible, y con las que hay que convivir lágrima a lágrima.

"A favor de los pequeños..."


La vida está llena de mártires. No de los que nombra la historia con pomposidad o desprecio, según. No. La vida está llena de pequeños mártires y de pequeños crápulas también. Eso, también. Allí, en la mediocridad cotidiana, se reproducen los grandes gestos de la historia. O al revés. ¿O al revés?


Ella, con el papel en la mano que la condenaría y la salvaría, se repetía eso y se instalaba en su destino, el del que cae, el del que se da, el del que se entrega, y no consiente, consciente. Pequeñamente caía, se daba, se entregaba, en la pequeñez de su pequeña historia. Ella era su destino, con el papel en la mano.

 
Lo sabía, como sabía que la pequeñez del martirio no significaba pequeñez de sacrificio, sino lo contrario, paradoja igualadora, y siguió caminando presa de un vértigo que temió le impidiera dar los pasos necesarios hasta el final de la galería donde se escondía más que levantaba la oficina de Correos.


Pequeño gesto. Rebeldía tan pequeña. Y sin embargo… Le hablaba la abuela sirvienta. Le hablaba el padre, que lustraba zapatos a los 7 para comprar un pote de dulce de leche o un libro que calmara las ansias de escuela. Le hablaba la madre, que “trabajaba en casas” a los 8, 9, 10 años… Sostenían esas hablas.



Hay uno que se inmola para que otros... Lo sabía. Imaginó escenas de grandezas y de inmediato restringió la maniobra de ese pensamiento y hasta la grandilocuencia que había usado cuando se permitió el “inmola”. Era una nada la de su acto que la condenaba y la salvaba. Pero. Le llegaba el turno. Entregó el papel. Y se dispuso a ser lo que se propuso hacer.




Esta mañana te soñé..., Camilo.

Esta mañana te soñé..., Camilo. ¿O te deslizaste, felinamente sutil,
por alguna rendija, hasta mi duermevela?
Y me  hiciste saber, a tu personalísima  manera, 
sin gestos, sin sonidos,
que no olvidara dejar para vos tu agua fresca.
Y yo, que te sé tan cerca, ahora mismo pondré, 
en los rincones de mi sueño
y en los que frecuentabas,
una fuente azul para que sacies tu sed,
y pueda yo aliviar la fiebre 
de mi nostalgia.

Me besa en la frente

Me besa en la frente.
Me besa en la frente y todo mi cuerpo se rebela en convulsión de asco, escalofrío y repulsa contra ese beso que roza apenas la piel, que parece veneración pero es desapego, casi desprecio. No se besa en la frente a los que se ama, no hay pasión en el beso en la frente. Es un beso “y qué otra cosa”, un beso despedida, un beso que habla de muerte.
Me besa, entonces, en la frente, como a los difuntos, con la distancia, la lástima y las ganas de alejarse rápido de quien no significa nada o que significó algo pero ahora es un despojo, un simulacro de persona camino a la putrefacción. Ese convencional beso del rito por los muertos sobre la frente de esas cabezas que emergen obscenas de los féretros.
Me besa en la frente y yo lo odio por besarme en la frente. Y él sabe que lo odio y, por eso, vuelve a besarme en la frente. Y, como ya parezco muerta, lo dejo que me bese en la frente. Y, como aún hay en mí algún aliento de vida, siento ese beso en la frente y ahora puedo escribir que me besa en la frente como a la muerta definitiva que espera, la que ya no vea ni oiga ni sienta, y que el beso sirva para el propósito de los besos en la frente.
Me besa en la frente y me regala cada vez la escena: ya conozco qué rostro será su rostro cuando se incline sobre mi cabeza para darme un beso en la frente, porque asisto a mi funeral en cada ocasión en que me besa la frente.
Yo quisiera que no me bese en la frente. Yo quisiera irme. Quisiera que se fuera. “Pero los muertos están en cautiverio.”

25.10.11

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.


Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.


Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Este poema lo escribió Alfonsina unos días antes de suicidarse. He estado pensando en él. Y ahora mismo que decido publicarlo, leo su biografía y fue un 25 de octubre cuando partió para siempre. Es una casualidad que me asusta más. Pero dicen que hay que vencer el miedo a la muerte para poder ser  buen/a escritor/a. Por toda la vida que supo beber y toda la muerte que necesitó su dolor, salud, hermana Alfonsina.