Pensamientos cazados al vuelo (mío o ajeno), misivas que no se estilan, reflexiones quejumbrosas o alborozadas, algún exabrupto. Palabras, palabras, palabras que se cuecen en todos los fuegos. Y el fuego...
27.8.17
Santiago Maldonado, ¿dónde está con su gorra blanca? Y Rodolfo Walsh...
«La tricota de Brión brilla, casi incandescente de blanca.»
«Brión tiene pocas posibilidades de huir con esa tricota blanca que brilla en la noche. Ni siquiera sabemos si lo intenta.»
«"Tenía una tricota blanca, era Mario Brion, y parecía un Cristo".»
Desde que miré esta fotografía de Santiago Pibe Nuestro Maldonado, pienso en esa gorra blanca con visera, blanca en esta foto de él en otro tiempo cercano, y blanca también la intuyo en otra foto de ahora mismo, en manos de quien la encontró con otros testimonios de su presencia que se hallaron en el lugar donde...
Y en ese momento, esa imagen de la gorra blanca en dos fotografías —una sonríe y la otra clama—, me estalló el recuerdo de la incandescente blanca tricota de Brión, el fusilado que no vivió. Todos corrían para salvarse, pero no sabemos (porque dudamos con Rodolfo que duda) si lo habrá hecho, si se habrá animado, porque brillaría su tricota blanca incandescente en el basural de José León Suárez, barrida de gritos y plomo, protagonista, caído él, de esa siniestra historia que nos contó para que no olvidemos nunca, para que sepamos cómo son y de qué son capaces ellos, los mismos que hoy nos arrebataron un pibe, ya detenido desaparecido él, que es nuestro, de nosotros, no de ellos los que matan en la oscuridad la blancura incandescente.
(Rodolfo Walsh dejó un ajedrez pendiente por siempre jamás en una mesa de un bar de La Plata para ir a jugarlo en las urgentes páginas de su Operación Masacre, páginas nuevas que le exigía su compromiso con la Historia su historia, las primeras, inaugurando un modo de narrar la verdad, pionero Rodolfo.)
¿Santiago pensó en no correr, temió el río, pensó como Brión ser un blanco inevitable de tricota incandescente que brilla en la noche del horror? ¿Así agazapado, esperando, mirando cómo los demás sí y él no, y bajo un árbol que no fue refugio hasta que oyó "tenemos uno"? ¿Y fue Santiago uno como Brión...?
No quiero pensar en un "Cristo" de gorra blanca, que debe haber perdido cuando se lo llevaron. No quiero un Cristo que no resucita.
Lo quiero vivo porque vivo se lo llevaron, como dice la voz popular.
Pero es imposible que deje de pensar en la gorra blanca, imposible no sentir que me miran sus ojos limpios, no sonreír con la barba y las rastas y la sonrisa buena y el buen querer de estar al lado de los que luchaban por justa causa, de su ser con el otro y sentir que de otro modo no valía la pena ser. ¿Qué armas tenía en sus manos desarmadas Santiago? Las del artes. Era artista. Y era viajero. Y viajando hacía amigos. Y tenía amigos que lo necesitaban. Y allí estaba. ¿Y ahora dónde está Santiago libre que viajaba, artista?
La gorra blanca de Santiago ¿habrá quedado brillando, casi incandescente de blanco, cuando lo atraparon "tenemos uno" y lo apalearon para meterlo en una camioneta donde se nos empezó a desaparecer?
Qué tristeza de lágrimas sin fin hasta la verdad toda ella develada para que se desaten con rumbo cierto, no esta inquietud de no conocer qué, cómo, cuándo.
Hoy sabemos quiénes. Tenemos certeza de esos quiénes.
Que hablen los quienes que se lo llevaron, y los quienes que ordenaron a esos quienes.
****************
Abrazo a los compañeros que no cejan en pedir que lo queremos vivo.
Solidaridad en el inconmensurable, infinito dolor de su familia que clama respuestas.
Lo quiero Cristo vivo, caminando libre como prefería Machado al Nazareno, ese que anduvo en la mar.
Etiquetas:
desaparición forzada,
mapuches.,
no ficción,
Operación Masacre,
Rodolfo Walsh,
Santiago Maldonado
Ubicación:
Buenos Aires, CABA, Argentina
26.8.17
¿Dónde está Santiago Maldonado?
De la cuenta de Twitter de La izquierda diario
Santiago estudió Bellas Artes, es músico, pinta murales y escribe. Además es tatuador y le gusta esta canción: https://t.co/C8r6JNwpSm pic.twitter.com/ncjExMTtiA— La Izquierda Diario (@izquierdadiario) 25 de agosto de 2017
22.8.17
En este rincón
Me senté
en este rincón
de mi vida
y miré atrás.
Volví luego,
los ojos
hacia el horizonte
buscando qué...
Inevitables,
tantas
lágrimas
como los días
del atrás,
de los ojos hacia el horizonte,
del qué,
de este rincón
de mi vida
pude contar,
infinitamente.
en este rincón
de mi vida
y miré atrás.
Volví luego,
los ojos
hacia el horizonte
buscando qué...
Inevitables,
tantas
lágrimas
como los días
del atrás,
de los ojos hacia el horizonte,
del qué,
de este rincón
de mi vida
pude contar,
infinitamente.
19.11.16
Ben's life lessons (Captain Fantastic - Viggo Mortensen)
“#ViggoMortensen is magnificent. A career-best work.” -@RollingStone #CaptainFantastic #FYC https://t.co/FI79Xa67bn pic.twitter.com/owdxIZHeFs— Bleecker Street (@bleeckerstfilms) 18 de noviembre de 2016
4.10.14
Esos "Momentos"...

La escena final de la película "Momentos", de María Luisa Bemberg, protagonizada por Graciela Dufau, Miguel Ángel Solá y Héctor Bidonde, viene a mi recuerdo de manera intolerablemente conmovedora. Conmovedora por la revulsión de sentimientos que me provoca, por la sobrecogedora conmiseración y, por qué no, identificación con Lucía-Graciela.
No creo que dure más de dos minutos... La excelencia de las actuaciones, la atmósfera recreada por la puesta en escena, los tonos, los silencios, los ademanes justos son suficientes para decir y mucho. Pero creo que no se pronuncia palabra. No lo puedo asegurar, no he visto nuevamente la película. Acudo a mi memoria, que suele ser implacable a veces.
A propósito de querer escribir sobre este recuerdo, que vuelve una y otra vez en estos días, he leído alguna reseña y no me convence la explicación de "marido condescendiente y comprensivo recibe nuevamente a esposa más joven tras haber tenido una aventura extramatrimonial con un joven y algo inescrupuloso Nicolás-Solá...". No es así o, al menos, hay más complejidad en lo vínculos.
Sí lo han herido a Mauricio-Bidonde. Pero recreo, percibo, experimento otras sensaciones respecto de su reacción. Prefiero no desentrañar un mensaje. No sé si el cine los transmite o debería hacerlo (siempre). Se trata de otra cosa lo que quiero desmontar, si se me permite el tecnicismo.
Sí lo han herido a Mauricio-Bidonde. Pero recreo, percibo, experimento otras sensaciones respecto de su reacción. Prefiero no desentrañar un mensaje. No sé si el cine los transmite o debería hacerlo (siempre). Se trata de otra cosa lo que quiero desmontar, si se me permite el tecnicismo.
Viajo a esa escena, "la" escena del filme, para mí, en final impecable.
Ella regresa en miserable estado. Se ha escapado sola, en tren, de aquello que si una vez la atrajo, hoy la espanta... Y quisiera que miserable se entendiera también en el sentido en que se lo usa en inglés, mucho más a menudo que en nuestro idioma (I feel miserable significa mucho más que "me siento mal", cala mucho más hondo, mucho más tremenda es la emoción o percepción de sí y de los demás que evoca: desmoronamiento moral o físico, dolor punzante, derrota momentánea, quizás, pero avasalladora, paralizante; refiere un estado físico y del ánimo devastado.., bueno, eso pienso, creo, adivino).
Ella regresa en miserable estado. Se ha escapado sola, en tren, de aquello que si una vez la atrajo, hoy la espanta... Y quisiera que miserable se entendiera también en el sentido en que se lo usa en inglés, mucho más a menudo que en nuestro idioma (I feel miserable significa mucho más que "me siento mal", cala mucho más hondo, mucho más tremenda es la emoción o percepción de sí y de los demás que evoca: desmoronamiento moral o físico, dolor punzante, derrota momentánea, quizás, pero avasalladora, paralizante; refiere un estado físico y del ánimo devastado.., bueno, eso pienso, creo, adivino).
Sigo y digo, ella entra a la casa cabizbaja, indefensamente cabizbaja, culpable de todas las culpas por esa aventura que terminó en regreso imprescindible a lo conocido, a lo cobijador. Tiene frío, mucho, mucho frío...
Él, marido que comprensivo, le permite entrar, la hace sentar a la mesa donde está servido el guiso de arroz que se ha preparado y, con gestos mínimos y escuetas palabras le hace saber que allí está, que la recibe pero con reservas. Porque hay en su despliegue de miradas y ademanes un hacerle sentir a ella que no pudo sostener la salida del refugio que sólo él le puede prodigar. No hay enojo, hay un resentimiento contenido, con un casi un dejo de alegría, de superioridad en su certeza de que Lucía no podía volar muy lejos. Magnánimo, diría, en su segura serenidad, la mira como va a mirarla siempre: como un pajarillo mojado, frío y hambriento.
Lucía, temblorosa, desencajada, se lanza sobre la mesa tendida como hacen los que tiene un hambre que no saciará guiso alguna, pero con la avidez del que está seguro de que no hay otro que pueda alimentarla. Come directamente con una cuchara de la fuente, a grandes bocados, sin levantar la vista, sin mirarlo a él... Atribulada derrota la suya. Él la mira fijamente, todo el tiempo, inmutable.
No sé calificar este filme. No pretendo analizar sino ese lazo entre la pareja Lucía-(vale recordar que él ha sido su psiquiatra, que ella tiene una historia de pérdidas y es lábil, muy lábil, aunque haya cometido la proeza de lanzarse a los brazos de un joven que aparece, quizás, como una evocación de lo que se truncó, de lo que no pudo ser, en un ayer luminoso que Mauricio reparó (por cierto, no es dato menor que el psiquiatra se haya convertido en ¿pareja? de Lucía, como una prolongación quizá... dejemos aquí).
La escena es increíblemente polisémica. A mí me parece que es para ver y rever y entender que ese guiso de arroz que le quita el frío y el hambre es, como dije, el único posible. Y eso resulta... abrumador. Pero hay más para indagar. Mucho más. película "Momentos", de María Luisa Bemberg, protagonizada por Graciela Dufau, Miguel Ángel Solá y Héctor Bidonde, viene siempre a mi recuerdo de manera intolerablemente conmovedora. Conmovedora en el sentido de revulsión de sentimientos, de impacto, de sobrecogedora conmiseración por el personaje de Lucía-Graciela.
No creo que dure más de dos minutos... La excelencia de las actuaciones, la atmósfera recreada por la puesta en escena, los tonos, los silencios, los ademanes justos son suficientes para decir y mucho. Pero creo que no se pronuncia ninguna. No lo sé, no he visto nuevamente la película. Acudo a mi memoria, que suele ser implacable a veces.
A propósito de querer escribir sobre este recuerdo, que vuelve una y otra vez en estos días, he leído alguna reseña y no me convence la explicación de "marido condescendiente y comprensivo recibe nuevamente a esposa más joven tras haber tenido una aventura extramatrimonial con un joven y algo inescrupuloso Nicolás-Solá... No. Sí lo han herido a Mauricio-Bidonde. Pero recreo, percibo, experimento otra sensación respecto de su reacción. Prefiero no desentrañar un mensaje. No sé si el cine los transmite o debería hacerlo (siempre). Se trata de otra cosa lo que quiero desmontar, si se me permite el tecnicismo.
Viajo a esa escena, la escena del filme, para mí. Ella regresa en miserable estado. Se ha escapado sola, en tren, de aquello que si una vez la atrajo, hoy la espanta... Y quisiera que miserable se entendiera también en el sentido como se lo usa en inglés, mucho más a menudo que en nuestro idioma (I feel miserable significa mucho más que "me siento mal", cala mucho más hondo, mucho más tremenda es la sensación que evoca, de desmoronamiento moral o físico, de dolor punzante, de derrota momentánea, quizás, pero avasalladora, paralizante; refiere un estado físico y del ánimo devastado.., bueno, eso pienso, creo, adivino).
Sigo y digo, ella entra a la casa cabizbaja, indefensamente cabizbaja, culpable de todas las culpas por esa aventura que terminó en regreso imprescindible a lo conocido, a lo cobijador. Tiene frío, mucho, mucho frío...
Él, marido que comprensivo, le permite entrar, la hace sentar a la mesa donde está servido el guiso de arroz que se ha preparado y, con gestos mínimos y escuetas palabras le hace saber que allí está, que la recibe pero con reservas. Porque hay en su despliegue de miradas y ademanes un hacerle sentir a ella que no pudo sostener la salida del refugio que sólo él le puede prodigar. No hay enojo, hay un resentimiento contenido, con un casi un dejo de alegría, de superioridad en su certeza de que Lucía no podía volar muy lejos. Magnánimo, diría, en su segura serenidad, la mira como va a mirarla siempre: como un pajarillo mojado, amedrentado y hambriento.
Lucía, temblorosa, desencajada, se lanza sobre la mesa tendida como hacen los que tiene un hambre que no saciará guiso alguno, pero con la avidez del que está seguro de que no hay otro que pueda alimentarla. Come directamente con una cuchara de la fuente, a grandes bocados, sin levantar la vista, sin mirarlo a él... Atribulada derrota la suya. Él la mira fijamente, todo el tiempo, inmutable.
No pretendo calificar la película. Sólo volver la mirada en el vínculo Lucía-Mauricio (vale recordar que él ha sido su psiquiatra, que ella tiene una historia de pérdidas y es lábil, muy lábil, aunque haya cometido la proeza de lanzarse a los brazos de un joven que aparece, quizás, como una evocación de lo que se truncó, de lo que no pudo ser, en un ayer luminoso que Mauricio reparó (por cierto, no es dato menor que el psiquiatra se haya convertido en ¿pareja? de Lucía, como una prolongación quizá... dejemos aquí).
La escena es increíblemente polisémica. A mí me parece que es para ver y rever y entender que ese guiso de arroz que le quita el frío y el hambre es, como dije, el único posible. Y eso resulta... abrumador. Lucía ha vuelto a su sitio seguro pero ¿a qué costo? ¿Acaso no se devela en su regreso que su vínculo con Mauricio se renovó pero en con un desequilibrio de posiciones que valdría la pena indagar.
Definitivamente, el tema de "Momentos" no es (sólo) el adulterio de una mujer visto por una mujer, sino una historia de cómo se tejen las relaciones humanas, de su condición y concesiones cuando se pone en juego el amor y sus circunstancias.
7.4.14
Como un león... (Haroldo Conti)
Hoy que tanto se habla de inseguridad, de generaciones perdidas, de entradas y salidas y extrañas puertas giratorias, y la justicia lenta, la justicia..., ah. Un cuento de antes de cuando lo secuestraran, desaparecieran y mataran de Haroldo Conti. Un cuento que no tiene de cuento sino la fabulosa escritura, tierna y dura. Un cuento lleno de comprensión, que nos dice más que tanto informe, tantos datos, tantos argumentos absurdos. Así viven muchos seres. Así caminan, como un león, hasta el final, cuando los abate el balazo y, hoy, la patada artera de los vecinos hartos... de ignorancia, de incomprensión...
Que relate, que siga relantando Haroldo...
Como un león
Todas las mañanas me despierta la sirena de la
Ítalo. Ahí empieza mi día. El sonido atraviesa la villa envuelta en las
sombras, rebota en los galpones del ferrocarril y por fin se pierde en la
ciudad. Es un sonido grave y quejumbroso y suena como la trompeta de un ángel
sobre un montón de ruinas. Entonces abro los ojos en la oscuridad y me digo,
cuando todavía dura el sonido, "Levántate y camina como un león". No
sé dónde escuché eso, porque a mí no se me hubiera ocurrido, tal vez en la
tele, tal vez a un pastor de la escuela del Ejército de Salvación, pero eso es
lo que me digo cada mañana y para mí tiene su sentido. "Levántate y camina
como un león"
La vieja me pregunta siempre en qué diablos estoy
pensando. La pobre vieja lo pregunta porque en realidad cree que no pienso en
nada. Sin embargo tengo siempre la cabeza tan llena de cosas que no me
sorprendería si un día de estos salta en pedazos. Estoy seguro de que si la
vieja supiera lo que pienso realmente se caería de espaldas. Digo esto
justamente cuando oigo el sonido que pasa sobre mi cabeza, porque a nadie que
me mire se le puede ocurrir que me anden tantas cosas por la mollera. Sin
embargo, somos una familia de pensadores. Mi padre, con todo lo pelagatos que
era, pensaba y decía cosas por el estilo y tal vez fue a él a quien escuché
algo semejante.
A veces, como ahora, me despierto un poco antes de
que suene la sirena. Tendido en la cama, con la cabeza metida en la oscuridad,
me parece como que estuviera sobre una balsa abandonada hace tiempo en medio del
mar. Entonces pienso en todas las cosas de la vida. Como si estuviera muerto o
bien a punto de nacer. Aunque en cualquiera de esos casos no pensaría nada, se
entiende, pero quiero decir como si estuviera a un lado del camino, no en el
camino mismo, y desde allí viera mejor las cosas. O por lo menos lo que vale la
pena que uno vea.
Mi madre se acaba de levantar y se mueve en la
penumbra de la cocina. Desde aquí veo su rostro flaco y descolorido iluminado
por la llamita zumbadora del calentador. Parece el único ser vivo en toda la
tierra. Yo también estoy vivo pero yo no soy nada más que una cabeza loca que
cuelga en la oscuridad.
Pienso en mi hermano, por ejemplo. Hace un par de
meses que lo mataron. El botón vino y dijo con esa cara de hijo de puta que ponen
en todos los casos, que había tenido un accidente. El accidente fue que lo
molieron a palos. Fuimos en el patrullero mi madre y yo hasta la 46 y allí
estaba mi hermano tendido sobre una mesa con una sábana que lo cubría de la
cabeza a los pies. El botón levantó la sábana y vimos su cara, nada más que su
cara, debajo de una lámpara cubierta con una hoja de diario. No solté una
lágrima para no darles el gusto y además no se parecía a mi hermano. En
realidad, no creo que haya muerto. Mi hermano estaba tan lleno de vida que no
creo que un par de botones hayan podido terminar con él. No me sorprendería que
aparezca un día de estos y de cualquier forma, aunque no aparezca nunca más, lo
cual no me sorprendería tampoco, para mí sigue tan vivo como siempre. Acaso
más. Cuando digo que pienso en él en realidad quiero decir que lo siento y
hasta lo veo y las más de las veces no es otro que mi hermano el que me dice
eso de que me levante y camine como un león. Desde las sombras. Las palabras
suenan dentro de mi cabeza pero es mi hermano el que las dice.
También pienso en el viejo pero con menos
frecuencia. También él está muerto. Mejor dicho, él sí que está muerto. Si lo
veo alguna vez apenas es un rostro borroso y melancólico que se inclina sobre
mi cama o, de pronto, se vuelve entre la gente y me pregunta, como la vieja, en
qué diablos estoy pensando. Él me lo preguntaba de otra forma, con una sonrisa
blanda y cariñosa como si viera más allá del tiempo. Mi padre fue un vago, no
cabe duda, pero sabía tomar las cosas y creo que éstas andarían mucho mejor si
la gente las entendiera a su manera. Claro que mi madre se tuvo que romper el
lomo pero yo creo que de cualquier modo esos tipos tienen un lugar en la vida y
hay bastante que aprender de ellos por más que mi padre jamás se propusiera
enseñarnos nada. Además mi madre nunca se quejó de él y por mucho tiempo fue la
única que pareció comprenderlo.
Si me olvido de mi padre, es decir, si nunca alcanzo
a verlo de cuerpo entero y menos vivo e intenso como a mi hermano, sin embargo
hay algo de él en cada cosa que me rodea, en toda esa roñosa vida como la
llaman, y si veo algo que los otros no alcanzan a ver es justamente por allí
está mi padre. Yo no sé qué pensará los otros, digo los miles de tipos que
viven en la villa, que sudan y tiemblan, que ríen maldicen en medio de todo
este polvoriento montón de latas, pero lo que es yo no lo cambio por ninguno de
esos malditos gallineros que se apretujan a lo lejos y trepan hasta los cielos
del otro lado de las vías. Aquí está la vida, la mía por lo menos. Esta es una
tierra de hombres, con la sangre que empuja debajo de su piel. No hay lugar
para los muertos, ni siquiera para los botones. Y cuando a veces me trepo al
techo de algún vagón abandonado y desde allí contemplo toda esa vida que se
mueve entre las paredes abolladas de las casillas o los potreros pelados o las
calles resecas me parece que contemplo una fiesta. Los trenes zumban a un lado
con toda esa gente borrosa pegada a las ventanillas, los coches y los barcos
corren y resoplan del otro, los aviones del aeroparque barrerán el cielo con
sus motores a pleno, la vela de un barquito cabecea sobre el río, un chico
remonta un barrilete, una bandada de pájaros planea en el filo del viento y en
medio del polvo y la miseria un árbol se yergue solitario. Ahí está mi padre.
En todo eso.
La vieja se vuelve y mira hacia la oscuridad donde
estoy acurrucado. Entonces veo solo su sombra como si mi madre se borrara y
quedase nada más que un hueco. Ella piensa que estoy dormido y trata de que aproveche
todo el tiempo.
Hay veces que no pienso en nada y la miro a ella
simplemente porque es la única manera de ver a mi madre. Está sola en el mundo.
Mi padre se fue primero, luego mi hermano y un día u otro me tocará a mí. Ella
lo sabe.
Otras veces pienso en los muchachos. Tulio, el
Negro, Pascualito. Caminan delante de mí, sobre las vías. Gritan y se empujan,
aunque no escucho nada. Sus caras mugrientas brillan debajo de la luz pero yo
estoy en las sombras y cuando quiero hablarles se alejan velozmente. Flotan en
el aire como globos y se alejan. Trato de pensar en cada uno por separado y
entonces parecen otros tipos.
El hermano de Tulio era amigo de mi hermano y
aquella noche se salvó por un pelo. Mejor dicho, por un montón de ellos porque
estaba con la Beba en una casilla del barrio Inmigrantes. Así y todo, atareado
como estaban los sintió venir, los olió más bien, saltó por la ventana y se
perdió en la noche. Después que se fueron, lo buscamos con el Tulio. Estaba
metido en la caldera de una vieja "Caprotti" arrumbada en un desvío
del San Martín. El Tulio le llevó un paquete con comida y los pantalones que
había dejado en la casilla. El preguntó por mi hermano y dijo un par de cosas
sobre la puta vida que retumbaron en el vientre de la "Caprotti". Después
desapareció de la villa. Hace unos meses de esto.
Bueno, es así como se marchan todos. Un día u otro.
De cualquier manera, por uno que se va hay otro que llega. Las villas cambian y
se renuevan continuamente. Son algo más que un montón de latas. Son algo vivo,
quiero decir. Como un animal, como un árbol, como el río, ese viejo y taciturno
león. Como el león, justamente. Lo siento en mi cuerpo que crece y se dilata en
las sombras y de pronto es toda la gente de las villas, toda esa gente que
empieza a moverse en este mismo momento y no se pregunta qué será de ella el
resto del día y menos el día de mañana sino que simplemente comienza a tirar
para adelante.
Mi madre abre la puerta. Mi madre y las cosas
aparecen cubiertas de ceniza. La propia llama del calentador se opaca y
destiñe. Es el día.
—¡Lito!...¡Arriba, Lito!
Me levanto a los tumbos, no precisamente como un
león, sino como un perro vagabundo al que le acaban de dar un puntapié en el
trasero. Parado en medio del cuarto, con el pelo revuelto y la vejiga a punto
de estallar, tiemblo y me sacudo hasta el último hueso.
La vieja me mira y antes de que abra la boca me
empiezo a vestir. Cuando se le da por hablar no termina nunca. Yo sé cuándo
está por hablar y además sé lo que va a decir. Por lo general, es inútil tratar
de atajarla y creo que, después de todo, eso le hace bien. En realidad no me
habla a mí ni a nadie en particular sino que simplemente habla y habla. Y así
parece más sola. Cuando vivía el viejo era toda una música.
Un buen jarro de café de malta y un pedazo de
galleta me devuelven la vida y la cabeza se me llena otra vez de ideas. Afuera
los trenes pasan con más frecuencia y la casilla tiembla toda entera. Eso me
alegra también. Me parece que en cualquier momento vamos a saltar por el aire y
no sé por qué eso me alegra. Después me pongo el maldito guardapolvo, meto otro
pedazo de galleta en la maldita cartera y me largo para la maldita escuela.
Las villas todavía están envueltas en la niebla y
aquello parece el comienzo del mundo, cuando las cosas estaban por tomar su
forma. Las casillas oscilan como globos, las luces brotan por los agujeros de
las chapas como ramas encendidas, las ventanillas de los trenes puntean
velozmente la penumbra, se estiran como goma de mascar y más allá se reducen a
un punto sanguinolento, después de montar la curva. La cabina de señales del
Mitre, algo más arriba, cabecea igual que una chata arenera y si uno no
conociera el lugar la tomaría justamente por eso. Uno chorro de chispas y, un
poco más abajo, una llama anaranjada que rebota en un tramo de vías se
desplazan lentamente siguiendo el perfil oscuro de una "catanguera".
Una luz roja cambia a verde y un numero de color salta en el aire. Hay luces
por todas partes pero solo sirven para confundirlo a uno. Al fondo, el lívido
resplandor de Retiro se desvanece con el día y, más atrás aún, tiemblan y se
encogen las luces de la ciudad. Del lado de la costa, la espiral encendida del
edificio de Telecomunicaciones, los focos empañados de los automóviles que
bailotean como un tropel de antorchas, los mástiles y las grúas de la dársena
y, por encima de todo, las chimeneas de la usina que se empinan sobre la
mugrienta claridad del amanecer.
Una luz roja cambia a verde y un número de color
salta en el aire. Hay luces por todas partes pero solo sirven para confundirlo
a uno. Al fondo, el lívido resplandor de Retiro se desvanece con el día y, más
atrás aun, tiemblan y se encogen las luces de la ciudad. Del lado de la costa,
la espiral encendida del edificio de Telecomunicaciones, los focos empañados de
los automóviles que bailotean como un tropel de antorchas, los mástiles y las
grúas de la dársena y, por encima de todo, las chimeneas de la usina que se
empinan sobre la mugrienta claridad del amanecer.
Levanto la cabeza y respiro hondo el áspero alimento
del río. Entonces todo eso se me mete en la sangre y me siento vivo de la
cabeza a los pies, como un fuego prendido en la noche.
El viejo del Tulio camina unos pasos más adelante
con un paquete debajo del brazo. Trabaja en la dársena B con una grúa móvil de
5 toneladas. Sale al amanecer y vuelve casi de noche. El domingo, como no puede
estar sin hacer nada, la muele a palos a la vieja. El Tulio se mantiene a
distancia y si duerme pone un montón de tarros entre la puerta y la cama.
Cuando el viejo se calma se sienta en la puerta de la casilla y toma mate hasta
que la cara se le pone verde. Nunca le oí hablar una palabra, ni siquiera
cuando se enfurece.
Hay otros tipos que caminan en la misma dirección.
Salen de las calles laterales y se juntan a la fila que marcha en silencio
hasta el portón de entrada. Mientras tanto los grandes tipos duermen allá lejos
en su lecho de rosas. ¿Dónde oí eso? Si un día se decidieran a quedarse en la
villa así suenen todas las sirenas del mundo a un mismo tiempo no sé qué sería
de esos tipos. Tendrían que limpiar, acarrear, perforar, construir, destruir,
armar, desarmar o tirar la manga y por fin robar con sus tiernas manitos de
maricas. Pero la pobre gente no lo entiende. Todo lo que piden de la vida es un
pedazo de pan, una botella de vino y que no se les cruce un botón en el
camino.
Otra fila de chicos y mujeres hace cola frente a una
de las canillas. Veo al Pascualito con un par de tachos en las manos. Lo
saludo.
El Pascualito lustra zapatos en Retiro, el Tulio
vende diarios en una parada de Alem y el Negro junta trapos y botellas en las
quemas y cuando llega el verano vende melones y sandías en la Costanera. A
veces lo acompaño a las quemas y gano unos pesos. Al Negro le gusta lo que
hace. Tira como un condenado del carrito y al mismo tiempo grita o canta sin
parar. Hay que verlo. También me gano unos pesos abriendo las puertas de los
coches en Retiro hasta que aparece un botón. Hay muchas formas de ir tirando
hasta que llegue el día pero a la vieja no le gusta que haga nada de eso. A
cada rato me da una lata barbara sobre el asunto. Quiere que termine la
escuela, lo mismo que mi hermano, y aunque no entiendo muy bien el motivo no
tengo más remedio que darles el gusto. La pobre vieja entretanto se rompe el
lomo limpiando casas por hora. Eso me envenena las tripas porque mientras ella
deja el alma yo estoy en la escuela calentado un banco.
El Negro pasa tirando del carrito con el gordo Luján
que es el cerebro del asunto, como se dice, y por lo tanto no tira del carrito
sino que fuma y piensa en grandes cosas. Agacho la cabeza y me pego a las
casillas porque me revienta que me vean con el guardapolvo y la cartera como un
nene de mamá.
La avenida está llena de camiones que esperan hace
días para descarga en los silos. Las colas llegan hasta la villa y si no se
meten adentro es porque no están seguros de salir enteros. El Beto tiró más de
un año con un par de gomas Firestone. 12.00-20, catorce telas de nylon, si bien
se pasó cerca de un mes en la caldera de la "Caprotti" mientras los
botones daban vuelta de la villa de arriba abajo. Siempre que veo los camiones
me acuerdo del Beto, es decir, que me acuerdo de él todos los días. No por las
gomas, aunque me acuerdo de eso también, sino porque desapareció de la villa en
un "Skania Vabis" hace dos años. Se escondió en el acoplado cuando
salió del puerto y vaya uno a saber dónde mierda fue a parar. La verdad que no
es mala idea. Si no fuera por mi hermano ya lo hubiera hecho hace rato.
Las chimeneas de la usina giran lentamente y cambian
de lugar mientras uno camina. Son cinco en total pero nunca estoy seguro porque
es difícil verlas cinco de una vez. La gente se desparrama al llegar a la
avenida Antártida y yo doblo hacia la escuela cuyas casillas asoman un par de
cuadras más adelante entre un grupo de árboles. La gente se desparrama al
llegar a la avenida Antártida y yo doblo hacia la escuela cuyas casillas asoman
un par de cuadras más adelante entre un grupo de árboles cubiertos de cenizas.
Apenas las veo se me hace un nudo en la barriga. No dudo, o por lo menos no
discuto, lo cual además sería perfectamente inútil con la vieja, de que la
escuela sea algo tan bueno como ella dice, pero todavía dudo mucho menos de que
yo sirva para eso. Es cosa mía y de ninguna manera generalizo. A esta altura
creo que ni la misma gorda lo pone en duda y estoy seguro de que se sacaría un
peso de encima, de los pocos que pueden quitarse entre los muchos que le
sobran, si alguna de estas mañanas no apareciera por allí. La gorda es la
maestra. El primero o segundo día puso su manito sonrosada sobre mi cabeza de
estopa y dijo que haría de mí un hombre de bien. Parecía estar convencida y a
la vieja se le saltaron las lagrimas. Al mes ya no estaba tan segura y a la
vieja se le volvieron a saltar las lagrimas, claro que por otro motivo. Esta
vez le fijo, con otras preciosas palabras, se entiende, que yo era un
degenerado. Eso quiso decir, en resumen.
La cosa saltó algún tiempo después, el día que la
gorda me encontró espiando por le ventilador del baño de las maestras. Por
suerte no era yo el que estaba espiando en ese momento sino el Cabezón que,
parado sobre mis hombros, estiraba el cogote todo lo que le daba. Al Cabezón lo
echaron sin más trámites y ahora pienso si no le tocó la mejor parte.
Desde entonces el tipo se da la gran vida y en
cierta forma lo sigo teniendo sobre los hombros, sobre la misma cabeza diría
yo. Ya estuvo en la 46 por hurto y daño intencional.
Esa vuelta vino mi hermano. A él no se le saltaron
las lagrimas, por supuesto, sino que escuchó en silencio y con palabras
corteses dijo que se iba a ocupar del asunto. Estaba vestido cojo para
impresionar, con el anillazo ese en el dedo y el pelo brillante como la
carrocería de un coche. Era para verlo.
Después que la maestra terminó de hablar (creía que
no paraba nunca) mi hermano saludó como un señor y luego, siempre con los
mismos ademanes discretos, me llevó a un lado, entre los árboles. Allí me tomó
por el cuello y me rompió los huesos con un dedo atravesado sobre los labios
cada vez que yo iba a gritar. No sé cómo lo hozo, porque no podía poner mucha
atención, pero cuando terminó no se le había movido un pelo.
Después que me sacudí el polvo me puso un brazo
sobre los hombros y caminando juntos me empezó a hablar sobre la vida. Yo ni
siquiera respiraba y le decía a todo que sí. Hablaba como un pastor o por lo
menos como el viejo en sus mejores momentos. Su voz sonaba áspera y contenida,
pero había cierta tristeza en su expresión. Es lo que más recuerdo.
Espero a que me soplara los mocos y entonces me hizo
prometer que iba a terminar la escuela así tardase mil años. Yo lo miré
brevemente en los ojos y dije que sí. No tenía más remedio, pero de cualquier
forma lo dije de corazón.
Y es eso lo que cada mañana me trae hasta aquí.
Cuando tengo ganas de pegar la vuelta, lo cual es un decir porque las tengo
siempre, veo su rostro por delante y hasta escucho su voz.
—¿Quedamos,
Lito?
Yo vuelvo a decir que sí con la cabeza y entro en la
escuela.
Desde que lo mataron, porque eso fue, la gorda me
trata algo mejor. En realidad no sabe qué hacer. Ella quería sacar de mí un
hombre, pero aquí el hombre viene solo y en todo caso con un hermano así no
necesito de más nadie. Por otra parte no sé qué diablos entiende ella por un
hombre, sea de bien o de cualquier otra cosa, y no creo que haya conocido a
ninguno hasta que apareció mi hermano.
Trato de aprender lo que puede pero la mayor parte
del tiempo la cabeza se me vuela como un pájaro. Vuela y vuela, cada vez más
alto, cada vez más lejos. No es para menos. La vida zumba y se sacude ahí
afuera y yo estoy metido aquí dentro esperando el día que salga y salte sobre
ella como mi hermano, es decir, como un león. Cada vez lo entiendo mejor.
En este momento veo a través de la ventana la trompa
de la vieja "Caprotti" dormida sobre las vías y allá va mi cabeza.
Mi padre sintió siempre una gran admiración por esas
moles de fierro. Vivía aquí mucho antes de que aparecieran la villa y creo que
trabajó un tiempo en el ferrocarril. Nunca entendí esa manía del viejo, pero de
cualquier manera terminé por cobrarle aprecio a toda esa chatarra. Supongo que
él no las veía inútiles y ruinosas como yo las veo. En su cabeza soplaban como
en sus mejores tiempos. Muchas veces, sentados sobre una pila de durmientes, me
habló de ellas así como yo pienso o hablo de mi hermano, del Baldo, de todos lo
que se fueron. Tal vez por ahí lo entienda. Así conocí la "Caprotti",
no este montón de fierro sino aquella soberbia maquina que competía con las
famosas "2.000" del Central Argentino. La "Garrat", con
doble ténder y la caldera al centro, la "Mikado", que no conocí y por
lo tanto me parece más fabulosa todavía y de la que mi padre hablaba con
verdadera emoción temblando todo entero como si la locomotora pasara en ese
momento delante de él a cien por hora aventando trapos y papeles. Las 1.500,
las "capuchinas", las 100. A medida que hablaba el viejo iba
levantando presión y estoy convencido de que al último veía las maquinas
verdaderamente. Yo no veía nada por más que forzara la vista, pero me
contagiaba esa loca alegría y trataba por lo menos de imaginarme todo el ruido
y la vida de aquellas viejas locomotoras que corrían por su cabeza.
La maestra golpea con el puntero en el pizarrón y
vuelvo a la jaula. Pero al rato estoy pensando en otra cosa. Cuando llega el
verano me parece que voy a estallar.
Nos largan a las cinco, que en este tiempo es casi
de noche. Yo salgo al final de todos porque soy de los más altos, así que me la
tengo que aguantar hasta lo último. Paciencia. Apenas dejo la puerta entro a
correr como un loco y antes de la cuadra los paso a todos.
Los camiones siguen esperando en la cola y tal
parece que no se hubieran movido en todo el día. Yo sé que se han movido,
algunos se han ido, pero no creo que los demás les presten la misma atención.
Los coches van y vienen entre los camiones. Algunos
pasan que se los lleva el diablo y así fue como lo reventaron al Tito. Recuerdo
al Tito porque era mi amigo y además lo vi cuando levantaba por el aire un Fiat
1500, pero revientan uno por mes, cuando menos. Los tipos se ponen nerviosos,
Hasta lloriquean, los que paran, pero entre tanto los coches siguen corriendo
como si tal cosa y al rato nadie s acuerda. Otros pasan tan despacio que uno puede
seguirlos al paso. Llevan la radio encendida y generalmente alguna fulana con
las polleras arremangadas. Supongo que esto es saludable, pero los que merecen
toda la lastima del mundo son ellos y no creo que les alcance. No les envidio
nada. Mal o bien nosotros estamos vivos. Eso es algo que ellos no saben mejor
así porque si no se nos echarían encima.
Creo que el tipo aquel se dio cuenta. Precisamente
fue por el tiempo que atropellaron al Tito. Había detenido el coche a un
costado, no muy lejos del portón, y parecía dormido. Era un Peugeot nuevito con
un par de retrovisores sobre el guardabarros que debían valer sus buenos pesos.
Estaba mirando el coche cuando el tipo pareció
despertar y me sonrío tristemente, un poco más que los otros. Era un tipo viejo
y refinado. Abrió la puerta y dejó que mirara dentro. Luego me preguntó si
quería subir y yo, naturalmente, le dije que sí.
Digo naturalmente porque los coches me entusiasman
tanto como las locomotoras a mi viejo y si tuviera uno me llevaría todo por delante.
Mi hermano apareció un día con un bote impresionante y nos llevó a dar una
vuelta. Al Tulio, al Negro, al Tito, que vivía en esa época, al Beto. Fue un
gran gesto. Yo iba al lado de mi hermano, con la radio a todo lo que daba. En
la Costanera lo puso a cien y después no quise mirar más. Los tipos de los
coches no amenazaban con los puños y gritaban cosas que no alcanzábamos a oír,
aunque no hacia falta. Mi hermano no los miraba siquiera. Parecía más tranquilo
que nunca y como si en realidad no estuviera con nosotros, con nadie en el
mundo sino completamente solo sobre el camino a ciento veinte por hora. Me
prometí entonces tener algún día un bote como ese. Es lo único que les envidio
a los tipos, pero ni con eso me caminaría por ellos.
El tío dio una vuelta por la costanera y al rato yo
me había olvidado de él. No veía nada más que aquel paisaje en llamas que
corría y saltaba hacia atrás, corría y saltaba y mi corazón saltaba y corría
también.
El tipo paró entre los árboles, frente al río, puso
la radio muy bajo y después de suspirar un rato comenzó a hablar en un tono
relamido sobre cosas que yo no entendí muy bien. Según parece era muy
desdichado y la verdad que no tenia necesidad de decírmelo. Se había dado
vuelta y me susurraba al oído toda esa desdicha, una desdicha muy particular
porque a mí nunca se me hubiera ocurrido que un tipo podía ser desgraciado por
todas esas tonterías. Se veía que nunca había pateado la calle con las tripas
vacías, ni había tenido que saltar entre los vagones con un par de botones a
remolque. El tipo me miraba a los ojos con su cara flaca y descolorida tan
cerca de la mía que tenia que torcer la vista para mirarlo. Yo trataba de
mostrarme cortes porque, si he de decir la verdad, el pobre coso me daba
lastima. Bueno, primero me apoyo sobre la pierna una de sus manos secas y
chatas como espátulas. No vi nada de particular en eso aunque no estoy
acostumbrado a tales tratos. Luego, sin dejar de quejarse ni de suspirar,
deslizo la mano hacia la bragueta y comenzó a frotarme delicadamente. Daba la
impresión de que lo hiciera otro, en el sentido de que ni el propio tipo
demostraba estar enterado de lo que hacia su mano. Yo me quede duro, lo cual es
algo más que una frase porque al rato, y contra mi voluntad, tenia el pajarito
firme y tirante como un resorte. Siempre hablando y suspirando el tipo me
desabrocho la bragueta y el pajarito asomó la cabeza alegremente. A esa altura
yo no sentía disgusto propiamente dicho, pero de repente me acorde de mi
hermano. Cuando estoy confundido pienso en el porque sin o me pierdo del todo y
a partir de ahí se me ordenan las ideas. Me acorde de mi hermano pues, y
entonces vi aquel rostro en toda su mísera y desdichada soledad. Aparte al tipo
de un empujón y salte del coche con el pajarito todavía afuera. Me volví del
otro lado de la calle y le hice un corte de manga. El pobre tipo me miraba
tristemente desde la ventanilla del Peugeot y me sonrió todavía, con la sonrisa
más desgraciada del mundo. Entonces, sentí una lastima negra. Hubiera querido sonreírle
yo también, pero tal vez no lo habría entendido. Di media vuelta y me fui
abrochándome la bragueta.
Son las cinco y media. La gente comienza a volver a
casa. Las villas están envueltas en una luz somnolienta. Las chimeneas de la
usina cuelgan en medio de una nube de humo que se aplana sobre el río. Los
vidrios del edificio de Telecomunicaciones brillan con un resplandor
polvoriento. Del otro lado los trenes se evaporan en una mancha anaranjada que
borra el paisaje de casillas y galpones hacia el oeste. Grupos de mocosos
chillan y corren en los baldíos junto a las vías.
A esta hora las villas lucen mejor que en cualquier
otra. No se cuanto durare aquí, pero de quedarme quieto no cambiaría esto por
nada del mundo.
Ni la vieja ni los muchachos han vuelto todavía.
Dejo la cartera y el guardapolvo que traigo arrollado debajo del brazo, agarro
un pedazo de pan y doy una vuelta antes de que regresen.
El viejo del Tulio está sentado a la puerta de la
casilla con los pantalones arremangados y el mate en la mano. Un avión del
aeroparque pasa tronando sobre nuestras cabezas.
Cruzo las vías y después de bagar un rato entre los
galpones y las locomotoras abandonadas me siento sobre una pila de durmientes
como hacia cuando estaba el viejo. Naturalmente, me acuerdo de él, y después
del Tito o de cualquier otro, por supuesto, de mi hermano. De todos los que se
fueron. Es como si estuvieran aquí, a esta hora. Algunos me miran, otros me
dicen cosas. Yo les sonrío y a veces les respondo. Sé que tarde o temprano iré tras
ellos. Tarde o temprano la vida se me pondrá por delante y saltare al camino.
Como un león.
Haroldo Conti
Nació en Chacabuco y murió en Buenos Aires en 1976.
Fue narrador, autor y director teatral, asistente de dirección cinematográfico
y guionista.
Publicó: Examinados (1955, Premio teatral Olat);
Sudeste (1960, novela con la que obtiene el Primer Premio de Fabriel Editora);
La causa (1960, con mención en el concurso Time-Life); Todos los veranos (1964,
libro de cuentos que obtiene el segundo Premio Municipal); Alrededor de la
jaula (1966, novela que gana el Concurso de la Universidad Mexicana de Veracruz
y es publicada en México y Buenos Aires); Con otra gente (1967, segundo libro
de cuentos); Los novios (1968, cuento que es traducido al alemán); En vida
(1971, novela ganadora en el concurso Barral y editada en Barcelona); La muerte
de Sebastián Arache y su pobre entierro (1972, guión); La balada del álamo
carolina (1975, tercer libro de cuentos); Mascaró, el cazador americano (1975,
novela premiada por Casa de las Américas).
En 1976 es
secuestrado en su domicilio. Desaparece. Más tarde, el dictador Jorge Rafael Videla
reconoce, ante la prensa extranjera, que Haroldo Conti estaba muerto. 20.6.13
Tu nombre
Tu nombre pronuncio.
Tu nombre pronuncio y empieza
por rasgarme la garganta.
Arranca chispas
de la lengua,
con su sibilante alargada del deseo.
Fuego corre por los dientes
cuando roza
ardiendo encías,
y vibra quemando en el paladar.
Palpitan alvéolos, labios consume.
Abiertamente vocaliza
y se detiene
en un lamento
consonante de mi locura.
Tu nombre pronuncio y empieza
por rasgarme la garganta.
Arranca chispas
de la lengua,
con su sibilante alargada del deseo.
Fuego corre por los dientes
cuando roza
ardiendo encías,
y vibra quemando en el paladar.
Palpitan alvéolos, labios consume.
Abiertamente vocaliza
y se detiene
en un lamento
consonante de mi locura.
19.6.13
Defensa del portero… digo…, encargado, ¡perdón, perdón!
En los últimos diez días, no deja de
abrumarnos casi, en el estilo ahora llamado “cadena nacional”, el “caso Ángeles
Mumi Rawson”. De inmediato, salieron los “ciudadanos de bien” pidiendo
linchamientos y reclamando pena de muerte ya. Al tiempo que se enfatizaba
sobre la “inseguridad” que nos acosa, que está a la vuelta de la esquina, que
la próxima vez serás vos o tu hija; y, claro, si no estás de acuerdo,
enseguida, te escupen: “¿pero vos tenés hijos?” o te argumentan con que a estos tipos no les cabe otra cosa y similares.
Después, avanzada la investigación, se demostró que el problema no había sido en ese temible e “inseguro” lugar “público”, sino dentro del edificio donde vivía la víctima. ¿Una tragedia “intrafamiliar”? Las declaraciones de una madre que sonaraon "extrañas para las circunstancias" y el aspecto de un padrastro que "no me cae bien” los convirtieron pusieron en el blanco. Ay, Camus y tu “El extranjero”..., qué grande sos.
Pero… la vida te da sorpresas. Y se incriminó el portero. A sí mismo. Nada de usar ‘auto-’ por favor. Ah, aclaremos, perdón, perdón, ¡encargado, se llama en-car-ga-do!
¿Y ahora qué hacemos? ¿El encargado, ese tipo tan gentil que me lleva la bolsa de las compras cuando pesa mucho, que me ayudó con el auto, que me abre la puerta, que saluda con respeto, tan amable, tan gentil, tan pendiente de lo que ocurre en la casa? ¡El encargado no puede ser el asesino, con esa cara de buen tipo, al que conocemos hace años, que tiene las llaves de mi departamento! ¡No, el encargado no, salgamos a defenderlo de ser un “perejil”. Ponemos las manos en el fuego por él. Sí, ponemos las manos en el fuego. Las ponemos sin dudar.
¿Qué pasa que nadie puede creer que el portero, perdón, encargado, sea culpable o cómplice o partícipe de la muerte de esta criatura? ¿Por qué él no, no y no?
Ciertas voces se han refirido a esta defensa a ultranza. Bueno, alguna teoría se puede esbozar al respecto. Pero me falta para experta, así que voy a contar una anécdota que quizá sirva de ejemplo para corroborar mi hipótesis sobre la fidelidad y respaldo al portero… Uy, perdón, encargado. Ese tipo que controla las vidas de todos, con la que todos los señores y las señoras del consorcio desean quedar bien, muy bien. Hasta poner el fuego en las manos. Hasta "movilicémonos para apoyarlo".
Resulta que un día de casi verano, voy a dar una clase particular (por pedido de su mamá) a una nena de unos diez o doce añitoos que vivía en un edificio de departamentos cerca de mi casa. Entro al vestíbulo y me enfrento a tres ascensores. Se abre uno y suben tres hombres con overoles y herramientas. Ante miraditas ya un poco “incomodantes”, me quedo quietecita y prefiero esperar a tomar otro ascensor. Debe haber campaneado ahí esa advertencia acerca de evitar subir al ascensor con extraños en un edificio desconocido... qué sé yo. Por las dudas... “Tome ese ascensor, ¿por qué no sube?”, oigo una voz detrás de mí. El encargado me conminaba a abordar el medio de transporte. Contesto: “Prefiero tomar otro”. Y la voz me recrimina: “No se puede tomar otro cuando está funcionando este”. No contesto. Espero. Llega otro ascensor. Iba a un piso alto. A poco de llegar, se detiene entre pisos. Leve terror y leve duda. Pulso la alarma. Grito algo. Voz del encargado: “Abra y cierre la puerta, que se soluciona”. Dudo entre hacerlo o no para comprobar mi sospecha de “el portero, perdón, encargado… pudo tener algo que ver”. Me ganan los nervios. Hago sonar la puerta al cerrarse. El ascensor sigue viaje. Desciendo con el corazón elevándose hacia mi garganta en sus pum, pum, pum de bronca y temor.
Me abre la puerta la mamá de la nena, le
cuento y desestima que el portero, perdón, encargado, me haya dado una lección
sobre cómo se sube al ascensor. Es tan buena persona. ¿Un vaso de agua? ¡Qué
feo lo que pasó! Me parece que hay un ascensor que no anda bien. No, el
portero, digo, encargado no… Después vemos.Después, avanzada la investigación, se demostró que el problema no había sido en ese temible e “inseguro” lugar “público”, sino dentro del edificio donde vivía la víctima. ¿Una tragedia “intrafamiliar”? Las declaraciones de una madre que sonaraon "extrañas para las circunstancias" y el aspecto de un padrastro que "no me cae bien” los convirtieron pusieron en el blanco. Ay, Camus y tu “El extranjero”..., qué grande sos.
Pero… la vida te da sorpresas. Y se incriminó el portero. A sí mismo. Nada de usar ‘auto-’ por favor. Ah, aclaremos, perdón, perdón, ¡encargado, se llama en-car-ga-do!
¿Y ahora qué hacemos? ¿El encargado, ese tipo tan gentil que me lleva la bolsa de las compras cuando pesa mucho, que me ayudó con el auto, que me abre la puerta, que saluda con respeto, tan amable, tan gentil, tan pendiente de lo que ocurre en la casa? ¡El encargado no puede ser el asesino, con esa cara de buen tipo, al que conocemos hace años, que tiene las llaves de mi departamento! ¡No, el encargado no, salgamos a defenderlo de ser un “perejil”. Ponemos las manos en el fuego por él. Sí, ponemos las manos en el fuego. Las ponemos sin dudar.
¿Qué pasa que nadie puede creer que el portero, perdón, encargado, sea culpable o cómplice o partícipe de la muerte de esta criatura? ¿Por qué él no, no y no?
Ciertas voces se han refirido a esta defensa a ultranza. Bueno, alguna teoría se puede esbozar al respecto. Pero me falta para experta, así que voy a contar una anécdota que quizá sirva de ejemplo para corroborar mi hipótesis sobre la fidelidad y respaldo al portero… Uy, perdón, encargado. Ese tipo que controla las vidas de todos, con la que todos los señores y las señoras del consorcio desean quedar bien, muy bien. Hasta poner el fuego en las manos. Hasta "movilicémonos para apoyarlo".
Resulta que un día de casi verano, voy a dar una clase particular (por pedido de su mamá) a una nena de unos diez o doce añitoos que vivía en un edificio de departamentos cerca de mi casa. Entro al vestíbulo y me enfrento a tres ascensores. Se abre uno y suben tres hombres con overoles y herramientas. Ante miraditas ya un poco “incomodantes”, me quedo quietecita y prefiero esperar a tomar otro ascensor. Debe haber campaneado ahí esa advertencia acerca de evitar subir al ascensor con extraños en un edificio desconocido... qué sé yo. Por las dudas... “Tome ese ascensor, ¿por qué no sube?”, oigo una voz detrás de mí. El encargado me conminaba a abordar el medio de transporte. Contesto: “Prefiero tomar otro”. Y la voz me recrimina: “No se puede tomar otro cuando está funcionando este”. No contesto. Espero. Llega otro ascensor. Iba a un piso alto. A poco de llegar, se detiene entre pisos. Leve terror y leve duda. Pulso la alarma. Grito algo. Voz del encargado: “Abra y cierre la puerta, que se soluciona”. Dudo entre hacerlo o no para comprobar mi sospecha de “el portero, perdón, encargado… pudo tener algo que ver”. Me ganan los nervios. Hago sonar la puerta al cerrarse. El ascensor sigue viaje. Desciendo con el corazón elevándose hacia mi garganta en sus pum, pum, pum de bronca y temor.
Pasa la clase. Explico cómo expresarse mejor por escrito. Casi me olvido de todo; sin embargo, al salir, la señora de la casa le dice a la nena: “acompañala abajo y hablen con el portero, digo, encargado, a ver qué pasó”.
Maldita idea. La nena lo busca y lo encuentra en la calle. Aire de bravucón ya le había visto pero nunca se juzga por el aspecto. Pinta de patrón por la vereda, igual lo inculpo al tiempo que voy alimentando la indignación: que si me pasaba algo mientras él me hacía la bromita por no cumplir sus instrucciones de tomar el ascensor que “correspondía”, que si le parecía hacer semejante cosa, y cómo se le ocurría y qué sé yo que más. El tipo sonrisita burlona, el tipo socarrón, el tipo que va también poniéndose más provocador, termina con un “cállese relajada, usted es una relajada”.
Yo no sé de dónde me salió pero como se me venía encima con el dedito acusador al mentar el “relajada, relajada”, le di un buen sopapo de revés. En la vida me hubiera creído capaz, pero era una forma de atajarlo, de parar esa andanada de agravios y de miradas… no procaces, sobradoras, ganadoras, de quien se quiere imponer. Fue recibir el bofetón y sentir cómo me agarraba de una muñeca con fuerza de matón mientras me arrastraba por la calle hacia el edificio. Hacia el edificio por la calle. Pegué un par de gritos mientras trataba de soltarme, pleno día, y nadie que se acercara. Llevaba una carpeta y una agenda. Se las revoleé en la cara y ahí logré que zafar. Ya libre de esa garra miré a la nena, que con ojos de espanto había oído y visto todo y asistía a una escena de violencia inconcebible.
Llego al vestíbulo del edificio de clase media alta. Hora en que empezaban a llegar los propietarios. El portero, furioso, seguía repitiendo “es una relajada, no ven que es una relajada”. Buscaba yo alguna persona, un propietario, que se detuviera a preguntarme qué había pasado, qué sucedía, que parara a ese portero que seguía en sus trece incriminando “me pegó, me pegó”… Nadie se hizo cargo. Subían al ascensor apurados y sin dar crédito a mis dichos. Y aquí viene lo mejor: apareció “la señora del portero, perdón, encargado… ¡a recriminarme que fuera la relajada de la que hablaba su marido! A los gritos. Bajó la mamá de la nena que había solicitado mis servicios de profesora en Letras para la nena que no redacta bien.
“Es un buen tipo, fue todo un malentendido, no te preocupes, ya pasó”. ¿Ya pasó? La nena le decía “pero mamá, ¡vos no sabés lo que le dijo y lo que le hizo ¿Pedro, Juan, Alfonso, no me acuerdo el nombre?! ¡La arrastró por la calle! La nena trataba de convencer a la madre de que la cosa había sido tremenda, pero hablaba bajito, como susurrando, empavorecida pero contenida.
No pasó nada. Todos, absolutamente, estuvieron del lado del portero, perdón, encargado. Todos me hicieron sentir que lo había provocado, que no tenían idea de lo sucedido, que el encargado era persona de confianza. Huí despavorida. En la retirada, me sonrió un colega de otro edificio del portero, perdón, encargado, al que le había gritado “usted es testigo de lo que hizo”. Me sonrió socarrón, y con la misma mirada con que me espetó “yo no vi nada”.
Hay un excepcional vínculo entre el ahora llamado encargado (“o se ofende”) y los habitantes de los edificios “de propiedad horizontal”. Una regla no escrita de “hay que llevarse bien con él” y especialmente creerse absolutamente de que “es buen tipo, tiene sus cosas, pero es buen tipo”. Y por encima de todo, no hay que darle motivos para que se enoje.
¿Será porque es el controla, el que sabe todo, el que nos hace favores, el que…? ¿Nadie recuerda un tremendo artículo de un periodista sobre el todo poder de los porteros (así, portero, nomás), por el que tuvo luego que pedir disculpas al gremio? ¿Se acuerdan de que se les atribuye ser informantes en la época del proceso?
En fin, que da para seguirla. Pero lo que les cuento fue así. A mí me pasó lo que me pasó y he vivido ese detesto a este portero, perdón, encargado, pero no lo podemos echar y menos ponerlo “en contra” porque... ¿Por qué?
Si el portero, perdon, encargado de la calle Ravignani involucrado en la muerte de Ángeles Rawson es o no culpable, y en qué grado, va por otro carril la investigación. A mí me despertaron estas palabras todas las declaraciones de “poner las manos en el fuego” por alguien cuando nadie a poco de razonar un poco lo hace ni por sí mismo, dicen por ahí. Y ese nadie-alguien es un portero, perdón, encargado.
7.5.13
Me tiraste un limón, y tan amargo... Miguel Hernández, gracias
Me tiraste un limón, y tan amargo,
tan tierno y rigurosamente sabio,
tan fulminante y, aun así, el labio,
a buena muerte cedió largo a largo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
asiduo, tu piedad, la más dura,
mis humores que fluían en tristura
animaron ese instante fatal en sin embargo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
y tu ceño en abismal estrecho,
por no entenderlos estalló mi pena,
se me durmió la sangre en la camisa,
perdí noción de izquierdo y de derecho
y me entregué a tu letal condena.
28.4.13
Homenaje al Comandante Hugo Chávez
Gracias a esos jóvenes de Holguín por este homenaje. Ya sabemos cuánto cuesta vencer tanto bloqueo. Pero ellos lo logran y hacen belleza y dignidad. Y canto...
17.1.13
"Abrite, Agolino..."
Contaba mi papá que su hermano era de los de espalda contra espalda para acompañarse. Lo amaba violentamente..., como para renegar de él y buscarlo en las pesadillas gritando su nombre.
Ese nombre pronunció, contaba, con voz acuciante, cuando el bote en el que iban, por Punta Lara, se les dio vuelta ante la embestida de ese río traicionero, el de La Plata que nunca fue. Cómo no iba a ser engañador el río ése.
Iban, pues, tres amigos en ese botecito enclenque, tras asado de domingo de salida al sol, en cofradía amistosa que se juntaba en una casilla ¿sobre la costanera? Un día de sentirse libre, de andar de masculinas aventuras. Invitación a qué negarse la del río allí y un bote a mano para montarlo.
Así que iban, en el botecito, tres amigos, dos de ellos hermanos de espalda contra espalda, uno mi padre, y un oleaje repentino del río que se picaba sin anunciarlo los dejó desamparados en el agua cuando se hundió sin una tabla de naufragio a la que asirse.
Agolino sabía nadar; mi padre se las arreglaba para flotar “más o menos”; el tercero, pobrecito, no podía sino debatirse.
La mente de mi papá era una máquina precisa ante el peligro; se le ponía serena, me confiaba, y le permitía hacer cálculos y aprontar, preciso, el cuerpo, para decidir cómo actuar. Y eso no me lo tenía que explicar mucho...
Dice que como un relámpago pensó que todos se hundirían si se quedaban juntos; que “éste nos va a arrastrar con él, yo apenas me las arreglo pero Agolino sí sabe nadar..., él se puede salvar...” Mejor separarse, mejor separados... Esto mientras mi tío y él seguían juntos y el desesperado ya tosía agua...
Y entonces lo gritó: “¡Abrite, Agolino, abrite! Vos nadás, ¡abrite! ¡Abramosnós!
Mi tío lo miró a mi
papá que lo miró; se miraron rápido... Comprendió y por comprender se alejó
nadando.
Braceaba y pataleaba mi padre su nado chapucero, más bien en vertical, pero avanzando; hacia el lado opuesto, claro, intentando toparse con la salvación...
Que llegó cuando con la punta de sus dedos rozó la superficie de un banco de arena... otra de las trampas de ese río mañoso. Pero esta vez socarroneó una ayuda. Esta vez. Era un apenas, pero le permitía “hacer pie”. Y allí sintió que tal vez la aventura sería para contarla.
Y “vuelvan que acá hago pie, vénganse; Agolino, Agolino, hago pie”. Agolino regresó al llamado de mi padre..., y entre los dos arrastraron al amigo que ya no daba más.
“Nos salvaste, Mauricio, mirá, nos salvamos”... Y todos miraron cómo se acercaba una lancha de Prefectura.
Braceaba y pataleaba mi padre su nado chapucero, más bien en vertical, pero avanzando; hacia el lado opuesto, claro, intentando toparse con la salvación...
Que llegó cuando con la punta de sus dedos rozó la superficie de un banco de arena... otra de las trampas de ese río mañoso. Pero esta vez socarroneó una ayuda. Esta vez. Era un apenas, pero le permitía “hacer pie”. Y allí sintió que tal vez la aventura sería para contarla.
Y “vuelvan que acá hago pie, vénganse; Agolino, Agolino, hago pie”. Agolino regresó al llamado de mi padre..., y entre los dos arrastraron al amigo que ya no daba más.
“Nos salvaste, Mauricio, mirá, nos salvamos”... Y todos miraron cómo se acercaba una lancha de Prefectura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
